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De las primeras enseñanzas que se predican en la formación básica primaria, recuerdo la de los ciclos, tema propio de las ciencias naturales, que se sustentan en la esencialidad de los procesos, sobre todo, de los procesos de vida, que bajo el predicado de cambio de un ser, estado, o condición, permiten generar otro estado, condición o recurso, ello nos da una idea esencial de como en la naturaleza todo tiene un propósito.

El propósito quizás es una de las razones que podemos llegar a descubrir en los últimos estadios de nuestra vida, en tanto creemos que la felicidad necesariamente está ligada a un estado emocional circunscrito por ejemplo a una idea económica, la gloria de un triunfo, o la culminación de un proyecto.

La prioridad que fijemos en el camino, nos permite o ver más allá y perder de vista lo simple y cercano, o estar atento a lo inmediato y no encontrar un horizonte que defina nuestra culminación en esta existencia.

El ir más allá sin disfrutar el momento, o quedarnos en el momento y no encontrar el propósito, además de recordarme el mensaje de una canción titulada “fábula de los tres hermanos”, bajo una prerrogativa casi que existencialista, nos convoca entre almohadas a soñar con cosas que quizás o son lejanas, o no son las cosas a las que nuestros pasos se dirigen.

Sin embargo, en las ‘elevadas’ palabras de una Corte, escudriñé entre líneas, ese propósito, que no puede ser otro que vivir la vida a plenitud, y la plenitud la definen tus actos libres y desprevenidos que te llevan a la felicidad.

Ante lo cual puede surgir la pregunta, ¿y cómo saber si se vivió a plenitud?, si no podemos preguntarle alguien cuando su ciclo culmina. Allí quizás lo difícil de estas líneas, tratar de comprender por intermedio del dolor ajeno un ejemplo de vida en plenitud.

Cuando alguien se va de este mundo, algunas veces más tarde, nos dan cuenta de ciclos largos, pero sin nada que recoger, sin recuerdos que evocar, sin palabras poderosas que permitan marcar la plenitud de esa vida.

Algunas otras veces, por el contrario, vemos ciclos cortos, que no por ello impiden tener tal idea de una vida de felicidad, la conclusión innegable que una existencia a plenitud, conlleva a que se vino a este mundo a dejar con su paso, más semillas y recuerdos maravillosos en los corazones de quienes los conocieron, que cualquier millonario longevo, pero sin frutos de amor en esta tierra.

La idea de los ciclos normales, tal vez dan cuenta que deben ser los hijos quienes lleven a sus padres al descanso con su Dios, pero a veces y estoy seguro por razones que solo ese mismo Dios sabe, los Padres deben llevar a esos hijos a el encuentro con él.

Esta es la Historia de un joven médico de Riohacha, Sergio Martínez Rincón, quien en semanas pasadas fallecido por un enemigo a quien por los pilares de su profesión debió enfrentar, cumplió un ciclo. Y mas hoy que nunca se puede hablar de ciclos, en tanto el amor es un ciclo que nunca se va, sino que se transforma, hoy seguramente en las palabras de orgullo de un padre y en los corazones de familiares y amigos.

Sin conocerlo, pero sabiendo por intermedio de otros de su lucha, de conocer los sentidos de su vida, puede uno entender que es vivir en plenitud, allí es cuando descubres por la forma en que es recordado un ser, la manera maravillosa en la que vivió su ciclo.

Quizás es una triste forma de entender que no se necesitan 100 años de vida en soledad y quedar en el olvido, sino 29 años de un ciclo maravilloso para que cuando te vayas, les recuerdes a los tuyos, que es vivir en plenitud y cumplir con tu propósito en este mundo.

Hoy en un lugar de la capital Guajira, esta Sergio, algo menor si se puede entender que cuando se cumple tu ciclo han de buscarte en el corazón, y no en la tierra, y entre mayor sea ese número de corazones en los que estás, lo demás es lo demás, lo importante es la esencia del vivir, porque aún en el recuerdo de una mente triste, el corazón les da la semilla para sonreír por la plenitud de un joven como Sergio.

Por los momentos felices de un joven, que permitan su descanso tranquilo ante la plenitud de una vida corta pero bien vivida. Por los buenos recuerdos que pueden traerse cuando cierras los ojos y con una sonrisa piensas en ellos, porque serán por siempre tus ciclos de amor.

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