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Era la mañana de aquél 6, del mes 7, del año que no me impulso a mencionar, pero, aun así, será recordado en el orden Universal y en el pueblo de pescadores, donde la desidia del Estado en todos sus niveles es muy notoria, muy a pesar de estar ubicado en medio de la vía que conduce de Santa Marta a Barranquilla y viceversa.

Las puertas de las casas se abrían, por el estrepitoso golpe que produjo algo grande que cayó en medio de aquella población macondiana, por donde personalidades han pasado y observado, como si no vieran nada, como si solo existiera el mar, con una parada obligatoria que la causa el pago del peaje, que mueve igualmente, las ventas informales, pudiéndose apreciar de lleno, la basura que cubre gran parte de ese carreteable.

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La gente salió a ver y se preguntaban: “¿Qué fue lo que produjo ese estropicio?” como era su costumbre, salían en muchedumbres hacia la carretera que divide al pueblo, esperando lo que algunos de ellos ni siquiera ocultan, en sus deseos de que se volcara un carro para que por lo menos fuera un día diferente y les cambie su situación así sea fugazmente.

Al llegar al sitio, contemplaron como especie de un regalo de los Dioses, un camión cisterna cargado de gasolina, que por efectos de la pandemia o la escasez o nada de la suerte que los acompañan, se acercaron a él, como a un elefante caído pero, que aún pataleaba, queriendo apartar ese tumulto de gente que con ollas sancocheras y timbos lo saqueaban, pretendiendo dejar su estómago vacío, llevados por la necesidad de extraer esas gotas de combustible para poder venderla y así, llevar comida a sus hogares.

Los pocos policías de ese corregimiento, nada pudieron hacer, incluso les decían que se fueran de ahí, porque ese animal era de ellos, había caído en sus terrenos y tanto, el propietario como el conductor del vehículo ya tenían conocimiento de los que esos pobladores acostumbraban hacer con los vehículos que se accidentaren en su jurisdicción. 

De repente, el estado natural de aquél gran animal caído, estalla y produce muerte a su alrededor, dolores más fuertes que los de una mujer en parto, los que pudieron salir con vida, lo hicieron tal como se asomaron en su primer día de existencia, auxiliados por aquéllos que llegaron tarde o sintieron respeto por ese animal grande, que prefirió inmolarse antes de ser destripado, convirtiéndose en el Elefante de Tasajera, que produjo efectos letales, igual, que el legendario Caballo de Troya.

Esta situación, no es para nosotros ajena, ha sido una constante las pérdidas de vidas humanas en todo el Departamento de La Guajira, generadas por personas que adaptan tanques externos o caletas en sus vehículos, cargadas de gasolina o simplemente, almacenadas en tanques y pimpinas, costumbre que esperamos sea erradicada y se pueda transitar por las carreteras, sin el peligro de enfrentarse a esa amenaza o que suceda igual que las intenciones de aquellas almas de Tasajera que hoy, descansan en paz.