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Si la reivindicación del país, tal como hoy se expresa, fuera enteramente legítima, es probable que la opinión de la mayoría de los colombianos fuera en los momentos actuales autónoma.

Si esa opinión, de buena o de mala gana, acepta, sin embargo la paz, incluso en los sectores de derecha, que de alguna forma u otra la desconocen y se limitan a protestas platónicas, es, entre otras razones porque las reivindicaciones a la víctimas y de los afectados con este enfrentamiento fratricida, siguen siendo equivocadas.

Esta ambigüedad y las relaciones confusas en nuestros gobiernos y en el país, explican la vaguedad de parte y parte en el incumplimiento de la totalidad de los acuerdos de la Habana con las Farc y las omisiones y las incertidumbres con que se cubren. En ese sentido la primera cosa que hay que hacer es dar claridad en esta reivindicación para tratar de definir claramente los que impide un entendimiento.

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La paz que en apariencia goza el país, es más bien una creación de la entelequia, de quienes se empeñan en sostener que los acuerdos de la Habana son inmodificables.

Existe desde hace muchos años una anarquía en la política debido al antagonismo en las ambiciones personales, fruto de las orientaciones a los seguidores de los movimientos y partidos, hasta el punto que todos ellos se cuentan hoy sin unidad, sin plan, sin opinión en la comunidad, que lejos de ser un apoyo eficaz, para los gobiernos de turno, son un estorbo para construir distante un elemento de orden social, siendo por el contrario el origen de nuestra anarquía y de nuestra fuente de violencia.

La inestabilidad política y la inseguridad económica fiscal, producto del ambiente bélico de la oposición y del gobierno que se defienden, crean un obstáculo en la tentativa para el cambio social anhelado.

A este desorden social, de una manera u otra ha contribuido la inseguridad endémica que ha venido sufriendo el país, que con la pandemia del covid-19, y el empleo de medidas drásticas para contrarrestar esa epidemia -estado de emergencia económica- han atemorizado y apartado a los empresarios de la común labor económica, alejando u ocultando los capitales, desmejorado en forma lenta pero efectiva la producción industrial, empobreciendo aún más el pueblo, menoscabando de esta manera, la credibilidad en el actual gobierno.

Todos estos factores, entre otros, han determinado que el país continúe en un estridente postración y penuria económica muy preocupante, no obstante los esfuerzos que hace el presidente Iván Duque y su gabinete de gobierno, que nos hacen ver un panorama nada optimista. El estado enfrenta una crisis fiscal grave que trata de ocultar, que dificulta la preservación de la paz en medio de promesas incumplidas, heredadas sin compromisos del anterior gobierno.

He allí esta recesión que vive el país, imposible de ocultar por mucho esfuerzo y buena intenciones que el presidente tenga en sus promesas radiales, frente al actual descalabro económico; que no es nada diferente a una caída de la actividad económica que acontece en el comportamiento de la economía.

Las causas de la recesión en Colombia, son la disminución del consumo, la carencia de innovaciones y de formación de nuevos capitales, y principalmente la corrupción política, no pasando por alto la causa del coronavirus, que ha llevado a la pérdida de empleos y al cierre de medianas y micro empresas.

Dicen los expertos y economistas que hay una recesión oficial, cuando la tasa de variación del PIB es negativa durante dos o tres trimestres consecutivos. Es lo que en la economía casera o doméstica se conoce con ‘estar pasando la época de las vacas flacas’.