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Al entrar al lugar lo primero que divisó fue la mesa en la esquina, solitaria como siempre, con las mismas dos sillas, y cierto espíritu que lo veía directamente y le invitaba a sentarse, a la espera de su recurrente compañía, la mujer que desde hace un par de semanas lo hacía acudir a esa bebida, que entre sus efectos y recuerdos le turbaban los sueños por las noches, sin imaginarse que los días de ella iniciaban del mismo modo que terminaban los de él.

Él, sin mayores problemas acudió a una de las sillas, como quien aun sabiendo que no vendrá, guarda la leve esperanza que llegará para compartir un último café. Al llamado del mesero, pidió lo de siempre, un americano doble, de hecho, estuvo tentado a pedir algo distinto, bajo el pretexto de cambiar el gusto, como si ello pudiese implicar cambiarlo todo.

Con los primeros sorbos de la bebida él pensamiento sobre ella se hizo mas intenso y fresco, igual que las brisas nocturnas que se pueden sentir cerca de las playas en Manaure – La Guajira, sobre todo si estas en de los “charcos de sal”, ese olor que marca el territorio y te lleva con las sensaciones a la misma experiencia como cuando llevas el café a tu boca, y aún sin probarlo el aroma te anuncia un buen sabor.

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Ernesto la recordaba como una mujer con muchos cariños, él, no llegaba ni a capricho, sin embargo, ella sin mayores razones que argumentar, disfrutaba más de su compañía, que cualquiera de los hombres que, en la habitualidad de su vida, siempre la agasajaban.

Pensaba que quizás en diez años podría tener una verdadera oportunidad de permitirse con ella más que amenas conversaciones, con cada sorbo venían a su cabeza vagas ideas sobre cómo retomar una conquista que hasta ese día resultaba infructuosa, por mas esfuerzo, palabras y detalles, no lograba pasar de una barrera imaginaria que ella había trazado.

Le resultaba difícil entender como algunos hombres con tan poco, concretaban en ella espacios y placeres que él, solo en otra vida con algo de suerte tal vez podría tener la posibilidad que sucediera.

Fue justo en ese estado del pensamiento y por esa específica circunstancia de creer que en diez años, o en otra vida, sus posibilidades con ella podrían tener un mejor resultado, se justificó así mismo su poco éxito con esa mujer, creyendo que sus líneas temporales se habían equivocado, de tal suerte que, si resolvía ese acertijo, lograría encontrar el estado de vida justo en que debían confluir.

Al principio le pareció tonta la idea, como sacado de un libro sobre viajes en el tiempo, pero cada que le iba dando forma, más razonable le parecía, Ernesto regularmente tenía la sensación de estar en un momento que no correspondía a sus gustos, ideas, libros o simplemente en un cierto deja de la vida y creía estar viviendo un momento inadecuado a su ser.

El problema para Ernesto seria encontrar el tiempo preciso para justificar el nuevo intento con ella, tal vez, poder tener la lectura adecuada de las circunstancia y espacio, como aquellos que encuentran en el cielo o la brisa el anticipo de una fuerte lluvia, esa era una cualidad que debía adquirir si quería tener éxito en el próximo intento.

Entre pensamientos y ademanes de quien parece conversar sin ningún interlocutor, notó que se había terminado su café, tentado a pedir otro, tal vez eso le ayudaría a concluir su idea, pero luego desechó la intención porque recordó que debía atender un asunto que demandaba su tiempo con urgencia.

Antes de pedir la cuenta, quiso poner punto final a los pensamientos que en modo particular le habían convocado a ese lugar, “qué tengo”, se dijo, “y qué no”, complementó. Precisó la idea de las líneas temporales y como podría ser eso que, en otro tiempo y espacio, pueda mantener su mismo cariño y despertar el de ella. Furtivamente pensó en los trazos de un hilo, sobre una prenda, distintos acabados, diferentes costuras, varios espacios, pero al final el hilo es el mismo, sonrió en soledad como quien acaba de descubrir la respuesta a sus inquietudes.

Al levantarse miró el pocillo vacío, pero aun eran visibles rezagos del café, y allí fue que llegó su consuelo, “por Dios Ernesto, lo tienes”, se dijo, “no eres el hombre de sus sueños, y quizás nunca lo puedas ser, pero siempre serás el de sus cafés, y sobre eso no te puede ganar nadie”, concluyó, pagó la bebida y se fue tranquilo, le resultaba suficiente su suerte con ella.