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El pueblo del cual no diremos su nombre queda en un departamento muy conocido, cuya gran capital alberga a muchas personas, tantas que parece un hormiguero, pero de gente con cuerpo y alma que se mueven todo el día de un sitio a otro para trabajar, estudiar, amar, vender comprar…en fin, lo mismo que hace la gente en todas partes.

Pero en verdad son muchos sus habitantes entre otras cosas porque los ciudadanos de los municipios vecinos se han ido a trabajar en sus fábricas y comercios. La ciudad crece mientras los pueblos aledaños se quedan solos o casi solos, por lo menos en el día.

De una de esas pequeñas poblaciones hablaremos en adelante. Era una villa bastante parecida a otra, con su parque colmado de árboles que ruegan a las nubes con un poco de agua y cuya sombra proveen de un delicioso fresco desde el mediodía hasta que la neblina trasnochada del amanecer, anuncia la llegada de un nuevo día; con su estatua herrumbrosa de un renombrado caudillo al que ya nadie recuerda.

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Con sus bancas de concreto marcadas con el nombre del benefactor que las donó a cambio de que no lo alojaran en los cuarteles del olvido; con sus colegialas sonrientes, sus vendedores ambulantes persistentes como el oleaje del mar y una docena de palomas y cinco o seis perros de nadie.

Ese lugar se parecía a cualquier otro menos por una cosa: decenas de personas, cientos de familias tenían el mismo apellido. Esto pueda que no sea raro, porque a veces llegan a los pueblos un par de hermanos inquietos que se dedican a regar la sangre y la raza y al cabo de unos años muchas personas heredan sus apellidos.

Eso es, más o menos frecuente, desde que las luces del mundo se encendieron y lo ha sido a través del paciente paso del tiempo en su transcurso hacia lo eterno. Tal vez usted presiente que voy a hablarle de cierto pueblo cercano, pero siento mucho decepcionarlo.

Un investigador se decidió a averiguar por qué había tantas personas de apellido Coronel para tratar de desentrañar el misterio que rondaba por las esquinas desde cien años atrás. Su primera hipótesis fue la de la existencia de un puñado de patriarcas pertenecientes al mismo tronco familiar y con el mismo apellido. 

Esa línea de investigación muy pronto fue descartada por una razón muy simple: ningún coronel era pariente cercano ni lejano de los demás; no se parecían, no tenían el mismo ADN, no compartían ni rasgos físicos, ni costumbres, ni nada parecido.

¿Cómo se podría entonces resolver ese misterio?

El investigador decidió no darse por vencido y por tal razón se propuso saber si era cierta la teoría de que en cierto tiempo hubo por esos lares un coronel muy admirado por su heroico desempeño en las luchas por la libertad y la justicia social.

Después de realizar algunas indagaciones y revisar cuanto documento llegara a sus manos, estaba más confundido que al principio porque no había ninguna evidencia histórica ni testimonial del dichoso militar, cuya existencia se perdía en las brumas de una leyenda sin fundamento.

Cuando regresó al sitio en que había hablado con el fotógrafo que le había hablado de esta versión, encontró que dicha persona había abandonado definitivamente su centro habitual de trabajo. Un letrero garrapateado en la pared del local le hizo perder todas las esperanzas: “Cerrado por motivos de viaje”.

El investigador, sin embargo, no se dio por vencido. Aconsejado por un profesor del colegio de secundaria decidió visitar a Hipólito Arturo Coronel Coneo, el hombre más anciano de la comarca. En la entrevista, coloreada por el graznido de los gansos que jugueteaban en el río y alrededor de dos humeantes tazas de café, pudo desnudar por fin el misterio.

A medida que don Hipólito extraía datos de su prodigiosa memoria, la libreta de apuntes se dejaba acariciar por la pluma entusiasmada del inquieto descubridor de verdades.

El resultado del diálogo se resume en el siguiente párrafo:

“Hace muchos años el párroco de la iglesia era un hombre de gustos extraños. Cuando iban a bautizar un niño preguntaba qué nombres y apellidos llevaría. Casi siempre aceptaba el nombre pero todos los apellidos les parecían feos, odiosos, heréticos e infames. Después de un breve diálogo persuadía a los padres para que registraran al niño con un apellido que a él le parecía más elegante, bonito, decente. El apellido, por supuesto era el suyo propio: Coronel».

En los veinticinco años que el padre Coronel ejerció como sacerdote en la iglesia local todos los ciudadanos recibieron el apellido de sonoridad militar. Y así sucedió por años, hasta que el cura fue trasladado y se fue con su música y sus creencias a otra parte.

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