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El pasado 10 de agosto fue el natalicio del profesor Ramiro Choles Andrade, quien vino al mundo en 1944 y este año hubiera cumplido sus setenta y siete años de vida.

La familia organizó una eucaristía en la Parroquia del Carmen, acto íntimo al que fuimos invitados algunos amigos.

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Al finalizar la misa, Ramiro Choles Redondo con voz quebrantada por la nostalgia, tomó la palabra para agradecer todas las muestras de afecto recibidas por la inesperada partida del maestro hacia la eternidad. El coraje le alcanzó para agradecer a quienes los acompañábamos en ese especial y crucial instante de su historia y, acto seguido, procedió a declamar, con gran emoción y sentimiento, un bello poema de su autoría titulado “Al almirante guajirindio”.

Fue un momento de verdad muy emotivo en que los presentes, con los ojos humedecidos por las lágrimas, pudimos recordar los mejores tiempos vividos con el autor de nuestro himno bien sea en las tertulias que frecuentemente animaba, en sus clases o en su oficina del colegio San José que fue durante más de cuatro décadas su cuartel general y el centro de operaciones desde donde irradiaba toda su energía a favor de la literatura, la historia, la identidad y la cultura de Maicao y de La Guajira.

Por mi mente pasaron varios de los días correspondientes a los seis años en que fui su alumno de español y literatura, en los que indefectiblemente me “invitaba” a que pasara al tablero para hacer un resumen de la clase anterior o a contestar las preguntas sobre algunas de las lecciones más recientes. 

Es verdad, ¡No exagero! El maestro solicitaba mi presencia al lado del rectángulo verde empotrado en la pared cada vez que teníamos clases. Algunos de los compañeros llegaron a pensar que se trataba de una malquerencia…pero yo lo tomaba como una muestra de confianza que me ayudó a crecer como estudiante y como persona.

En ocasiones nos pedía que escribiéramos cuentos, ensayos, relatos que debíamos leer en voz alta. Al final de mi lectura hacía comentarios elogiosos y, además (cosa que me ruborizaba) me ponía de ejemplo sobre cómo debían escribirse buenos textos.

Todo eso me alentó a seguir escribiendo y a hacerlo cada día mejor hasta que fui capaz de ponerle el alma a un escrito sobre nuestra bella patria colombiana. Mis compañeros seguían la lectura con inusitada atención, en silencio, y sus miradas se concentraron durante varios minutos en mi escuálida humanidad de adolescente acosada por el excesivo gasto de energías. Al terminar todos suspiraron como quien ve por primera vez el memorable beso de Romeo y Julieta.

El profe Choles estuvo en un respetuoso silencio, tomaba notas en su libreta con un kilométrico azul y, al cabo de unos segundos que fueron eternos, con su voz pincelada de severidad deslizó sobre la atmósfera del expectante curso, el mejor de los elogios que alguien haya podido concederme a lo largo de la vida:

–¿Eso lo escribió usted o lo copió de un libro?

Le confirmé que lo había escrito yo y mi palabra bastó para que me creyera.

La eucaristía no terminaba aún, la joven pediatra Yasmina Medina Cotes hizo una vibrante declamación del poema A mi Guajira, en el cual el profesor Ramiro Choles pinceló bellos versos con todo su amor por la tierra en que nació.

Después de semejante demostración artística de la declamadora y el autor, creí que alguien debía agradecerle a la familia por haberle prestado a Ramiro Choles Andrade al colegio San José, a la casa de la Cultura, a la Academia de Historia y a la sociedad guajira en general.

Creo que nosotros, los maicaeros y los guajiros, lo disfrutamos más que su propia familia quien se privaba de su presencia, porque él estaba todo el tiempo en una tertulia padillista, en un velorio consolando a los huérfanos, en el colegio enseñando a sus alumnos o dedicado a estudiar en dónde construía una nueva aula para brindarle educación a más niños y jóvenes de los barrios populares.  Gracias Ramiro Choles Andrade y gracias familia por ese préstamo impagable que nos hicieron.