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«Los hombres y los siglos vuelven cíclicamente”: Jorge Luis Borges

Este 24 de octubre se conmemoraron los 171 años del natalicio del adalid de la democracia y defensor de los derechos humanos en la segunda mitad del siglo XIX Luis Antonio Robles Suárez, más conocido como El Negro Robles, hijo ilustre del corregimiento de Camarones, Distrito de Riohacha, fruto de la unión de Don Luis Antonio Robles Parra, institutor de profesión, oriundo de Barrancas y Doña Manuela Suárez, camaronera ella.

Si nos atuviéramos a los textos de la historiografía oficial, Robles nunca existió, lo refundieron en el anonimato, desde donde él había irrumpido, altivo y desafiante, para abrirse paso en franca lid, hasta ocupar un sitial de privilegio en la historia de Colombia. Fue un hombre que jamás pasó por desapercibido; siempre estuvo en el ojo del huracán en los procelosos tiempos que le cupo en suerte vivir. La política es destino y ese fue el suyo.

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Para utilizar la expresión de Saramago, Luis Antonio Robles fue un liberal hormonal y una figura cimera de la afrocolombianidad. Llegó hasta las más encumbradas posiciones, alcanzadas siempre con denuedo, tesón y perseverancia, sin abandonar sus principios ideológicos y sin renegar jamás de su bandería política.

Fue un adelantado de su época y supo mirar el futuro con anticipación, por ello trascendió a su época, merced a sus actuaciones y a su espíritu visionario. Desde temprana edad se alistó en las filas del radicalismo liberal, del cual fue uno de sus más caracterizados exponentes.

Defendió con ardentía y valor la causa de la libertad y la democracia, en momentos en que una y otra eran escarnecidas; así como la independencia tuvo sus precursores, podemos afirmar sin hipérboles que Robles y el radicalismo liberal fueron precursores de la democracia colombiana.

Luis Antonio Robles fue multifacético y gozaba de una gran versatilidad, desempeñándose con brillo en la academia, en la política, en el parlamento, en el litigio, en el periodismo, como escritor y no lo fue menos en las artes de la guerra, cuando el destino puso a prueba su espíritu civilista.

A él sí que le es aplicable el aserto de Benjamín Franklin: “Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como hayas muerto, escribe cosas dignas de leerse y haz cosas dignas de escribirse”. Todo cuanto él escribió, todavía, pese al paso inexorable de los años, bien vale la pena leerlo y cuanto hizo es digno de encomio y reconocimiento.

Luis Antonio Robles fue un alumno brillante y distinguido como Colegial de la Universidad del Rosario, gracias al alto promedio de sus notas de calificación, graduándose con honores en la Facultad de Jurisprudencia. Fue uno de los cofundadores y fungió como catedrático y Rector de la Universidad Republicana, de donde nació la Universidad Libre de Colombia. También se desempeñó como Rector de la Universidad Central de Nicaragua.

Recién graduado y a la corta edad de 23 años, en 1872, el entonces Presidente de la República Manuel Murillo Toro le confió la Dirección de la Educación pública en el Estado Soberano del Magdalena y un año más tarde asumiría la Secretaría General de la Presidencia del mismo, cuando a la sazón estaba a cargo de José Ignacio Díaz-granados.

En su meteórica carrera y contando con la confianza del Presidente Aquileo Parra, este lo nombra como Secretario del Tesoro en abril de 1876 y el 1.º de octubre de 1877 es elegido con una copiosa votación como Presidente del Estado Soberano del Magdalena.

Capítulo aparte merece su paso por el Congreso, convirtiéndose en el segundo negro, después del Almirante José Prudencio Padilla, guajiro también, en llegar al parlamento colombiano. Fueron resonantes y de gran trascendencia sus debates, era la elocuencia hecha verbo. Con razón, uno de sus más acervos contradictores del regeneracionismo, como lo fue José María Samper, afirmó al escucharlo: “el Partido Radical ha encontrado su orador”. 

El Negro Robles fue objeto de la discriminación por el color de su tez aún después de muerto. A este propósito es célebre su respuesta a quien a su ingreso a la sesión del Congreso espetó: “se ha obscurecido el recinto”, ripostándole: “yo no tengo la culpa de ser negro. La noche imprimió su manto sobre mi epidermis. Pero, aún blanquean los huesos de mis antepasados en las bóvedas de Cartagena, por darle la libertad a muchos blancos de conciencia negra como usted”.

El destinatario de esta invectiva del ignaro e insolente Representante que pretendió ningunearlo y ofenderlo aludiendo displicente y despectivamente al pigmento de la melanina que oscurecía su piel, quedó entre atónito y abochornado.

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