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La sensación de orfandad que se aglutina en el pavimento quebrado de la entrada principal de Camarones es un síntoma preciso que derrota las fuertes aspiraciones de aquel corregimiento amparado únicamente por la providencia, cuyo bienestar permanece ligado a las férreas esperanzas de convertirse en municipio algún día.

Sin embargo, Camarones, lejos de parecer un cúmulo de resistencia a toda costa, ha dejado que el arrullo de sus propios líderes políticos y la misma herencia de apellidos generacionales prolongue sus padecimientos.

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Atrás han quedado los años de rebeldía y las luchas no documentadas de los primeros pobladores de aquella geografía legendaria, donde los vientos zarandean las ropas recién lavadas en los patios descubiertos y el agua sirve como purgante para los niños con lombrices.

Las nuevas generaciones desconocen las formidables batallas que tuvieron lugar en las costas y el temple de un pueblo que logró la libertad en medio de un sangriento periodo colonial.

Ahora Camarones, padece la inclemencia del tiempo y la suavidad de una reciente generación con artrosis en el alma, cuyo desasosiego se cura cada cuatro años con pequeños contratos en la alcaldía de Riohacha para los súbditos escogidos a dedo y miles de promesas construidas con papel higiénico remojadas en agua de alcanfor.

El salitre avanza entre las arterias, abriéndose paso entre las paredes de ladrillo del hospital imaginario y el sistema de acueducto que prometen cada cuatro años los mismos con las mismas.

Debido a esta “guachafita”, hace poco, una turba enardecida forcejeó con la Policía como producto del cierre establecido en las afueras del pueblo, en la troncal del Caribe.

Poco a poco los camaroneros están recobrando su orgullo y vislumbran una salida penetrando en las costillas del gobierno, amarrándose los pantalones con la dignidad de un pueblo que ha dejado de creer en políticos de “pacotilla”.

La memoria nos deja claro que los gobernantes han hecho poco por ellos. Hacinados en la figura de corregimiento, Camarones parece congelado en el tiempo, como un objeto ingrávido que no avanza ni retrocede, que solo permanece incrustado en el aire.

Es uno de los pocos pueblos que puede darse el lujo de tener su propio representante al concejo y aunque no es la gran cosa, con esta hazaña se podrían gestionar muchos proyectos que generen bienestar a la misma comunidad, pero esos puestos terminan prostituyendo a los candidatos y se desvirtúan todas las promesas.

Muy a pesar de la inefable y constante realidad del corregimiento, Camarones abriga las ínfulas de organizar unos carnavales prodigiosos y de poseer una incipiente cantidad de jóvenes que se cubren en maicena y beben alcohol todos los sábados en los estaderos del pueblo.

El supuesto futuro reposa en las manos de adolescentes sin memoria que terminan abandonando al pueblo apenas culminan la universidad o peor aún, el bachillerato.

En aquellos linderos donde tuvo lugar el nacimiento del “Negro robles”, el primer afrocolombiano en llegar al Congreso de Colombia y al gabinete presidencial como secretario del Tesoro, el progreso se encuentra extraviado en mar adentro y las mismas problemáticas eternas siguen haciendo de las suyas en cada rescoldo de la imaginación.

Se aproximan nuevas elecciones, ojalá antes de escoger al próximo verdugo, recuerden que no tienen un hospital digno y el agua salobre de la pluma les remueva el inconformismo. ¿Si el futuro no es ahora, entonces cuándo?