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El pasado viernes (24 de julio), monseñor Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R, Obispo de la Diócesis de Riohacha y la doctora Libia Peñaranda Romero, directora de la Oficina de Representación Corporativa y de la Mujer de esa entidad eclesiástica, me invitaron como panelista al Conversatorio virtual “Voces de las mujeres en época de pandemia”; acepté gustosamente porque cada vez siento un mayor compromiso personal y profesional con la temática ‘educativa’ sobre la cual debía disertar. 

Ante la pregunta ¿de qué manera esta pandemia impacta el Sistema educativo local?, hice algunas reflexiones en torno a las carencias y dificultades que históricamente se han tenido y persisten en la educación del territorio guajiro; la centralización de las “decisiones, lineamientos y directrices” del Ministerio de Educación Nacional -MEN- afectan a estas zonas.

Para nadie es un secreto que estamos impregnados de una diversidad (cultural, lingüística, ambiental, especialmente), común denominador, que nos hace ‘únicos’. Requerimos de una educación no desde los “escritorios, sino de los territorios”, para que cumpla con su razón de ser, especialmente en estos momentos de pandemia.

La Guajira, impactada por la covid-19, es uno de los territorios de Colombia con más limitantes para acceder y continuar con la educación formalizada por el Sistema. Veníamos acostumbrados a unos ritmos de trabajo, atenciones a estudiantes de manera ‘relajada’, convencional, el maestro iba a las aulas, encontraba unos grupos a quien enseñar, compartía en su hora de clases, todo era normal, aparentemente las condiciones permitían la transferencia de conocimientos, se ejercía una labor institucionalizada, aunque había quejas porque no se gozaba de lo mejor, se seguían unas rutinas.

Hoy que todo cambió tenemos que adaptarnos a las nuevas circunstancias por el temor a contagiarnos. Maestros y estudiantes adoptarán y adaptarán nuevas formas de enseñar y de aprender. Es aquí donde la creatividad y la responsabilidad deberán hacer presencia. Es así como este nuevo estilo de vida ha impuesto otras dinámicas.

Romper la estructura mental en la cual estábamos anclados ha generado cambios que en la mayoría de los casos han sido desde el ensayo y error. El Sistema educativo local no alcanza a cubrir las necesidades que tiene la población estudiantil. Si antes las escuelas del sector público tenían deficiencias con la infraestructura, mobiliario, ayudas didácticas contextualizadas, conectividad, salas de internet, computadores, bibliotecas, hoy, los estudiantes no disponen de equipos ni herramientas tecnológicas en sus casas para desarrollar las tareas que exige su formación.

Sin embargo, es válido preguntarse ¿qué papel juegan hoy esos equipos de computadores que están en las escuelas?, cuando se regrese a estos claustros esos equipos estarán obsoletos y deteriorados; se podrían optimizar, donándolos o prestándolos a los estudiantes, pues su objeto es servir de apoyo a su formación. De nada sirven como inventario.

El Sistema educativo local está en crisis, 1.) seguimos aferrados a ‘contenidos’, resultados, indicadores, terminación de programas de asignatura, 2.) los equipos y herramientas tecnológicas son insuficientes, 3.) en muchos lugares no hay acceso a internet, en otros es débil para abarcar a la población estudiantil dispersa, 4.) muchos estudiantes han abandonado su proceso de formación, siguen padeciendo hambre y enfermedades, 5.) el trato y consideración que se da a los estudiantes de zonas vulnerables es homogéneo e igual a los de otros territorios.

Ya no escuchamos por la radio el problema del transporte escolar, el complemento alimenticio, la construcción de aulas o escuelas, la dotación del mobiliario, ya de eso no se habla lógicamente. Pasamos a otro nivel de necesidades, para ello se requiere: 1.) repensar la educación y el rol del maestro, 2.) una formación de maestros y comunidad que implique la asunción de un nuevo paradigma de enseñar y aprender, “educación en casa”, 3.) un compromiso estatal, gubernamental y social que asuma la educación como necesidad y no como privilegio o lujo para unos pocos, 4.) educación desde nuevos valores que fomente la solidaridad, el manejo de recursos de manera diáfana y con equidad, 5.) desarrollo de habilidades y competencias para asumir el mundo-de-la-vida como “seres de carne y hueso, con sentimientos y espiritualidad”, que compartimos un mismo espacio y tiempo, 6.) tener fe en la gente, valorar y descubrir más lo positivo que lo negativo.

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