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Sábado, finalizando la noche, para dar paso a un nuevo día. Bajo una lluvia incesante, el sonido de los truenos era plena señal que aún estaba lejos de escampar. Se observaba por la ventana que da hacia el patio, el reflejo de los rayos, todos en dirección al Norte. Solo se escucha el agua caer en los techos de las casas. El frío se siente en la habitación, aun así, el ventilador girando para espantar a algún mosquito agresor. 

De pronto, la tranquilidad de esa noche lluviosa se ve interrumpida por unos gritos de desespero, impotencia, lamentos, solo comparados con el llanto de aquel mito conocido como ‘La Llorona’, aunque considero, este gritaba con más fuerza, en su afán de querer despertar a todo el vecindario o al mismo pueblo, por un suceso reciente, acontecido en la casa del viejo Chema. “Se tomaron las gaseosas, se tomaron las gaseosas”, seguido de un vocabulario cargado de palabras soeces, maldiciones, mentadas de madre, incluso amenazas de envenenamiento. 

“No puede ser, yo acabo de acostarme y las dejé ahí, en la nevera”, decía la vieja María. Miraba hacia las habitaciones, esperando que alguien saliera y asumiera la responsabilidad, como no encontraban respuestas, ya no era uno sino dos que hacían coro con los gritos de rabia y reclamos indeterminados, por semejante pérdida, haciendo levantar al viejo Chema, quién a esa hora, sin condolencia alguna, llamaba al ‘Morro’ (ahijado de mi abuelo), dándole un billete de COP $20 para que donde fuera, consiguiera las dos gaseosas de Alvarito, con el fin, de que todos pudiéramos dormir.

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La vieja María, que no daba puntada sin dedal, andaba toda sospechosa, craneando como darnos en la yugular. A los pocos días, compró seis patos para hacer un criadero y ordenó sacar los gallos finos, gallinas con pollitos incluidos del patio de la casa, creándonos tremendo caos.

Comenzamos una maratón, trasladando ‘los gallos’ a patios vecinos e incluso amigos distantes, donde había que alimentarlos todos los días de mañana y tarde, lo cual, era una tarea bastante tediosa, por el sol de mediodía. Ahí, hasta Alvarito llevaba del bulto, pero teníamos que ingeniárnosla para aguantar el golpe. 

Una tarde, después de terminar con toda esa faena, estaba almorzando, eran las 3 p. m. y observo a uno de los vecinos saltar la pared divisoria y caer en el patio de la casa de mi abuelo, por estar detrás de unas guayabas, situación que puse en conocimiento a la vieja María al instante, yéndose al patio, sorprendiéndolo infraganti, le dijo hasta de qué iba a morir al condenado muchacho. 

Esa era la coartada que estaba esperando. La vieja María viajó a Santa Marta y los patos volaron para el cumpleaños de una novia que tenía en esa época, un día domingo. Hubo sancocho de pato, pato frito, pato guisado, todo a la carta, con buena salsa y patacón, acompañado de frías van, frías vienen, más el whiskey, que no podía faltar.   

Al regresar María y, al no encontrar los patos, expresó: “Ese fue fulanito, dizque se tiró al patio a coger unas guayabas, pero mentiras, fue para robarse los patos. Yendo de una, hacer el reclamo. Duró una semana con el tema, hasta que pronunció las palabras tan esperadas: 

“Traigan los gallos nuevamente, porque yo no voy a estar criando patos para que los vecinos sinvergüenzas se los roben y coman.” Sí señora, tiene razón, le respondí.  

Ciento de anécdotas se vivieron y subsisten en la casa del viejo Chema, todo el barrio giraba en torno a ella. Recuerdo una tarde, los pelaos después de venir de jugar fútbol y observar a mi abuelo sentado en una mecedora al frente de su casa, como de costumbre, decidieron hacerle una broma al viejo, diciéndole: “señor Chema, Alvarito está en el campirri (cancha de fútbol) metiendo bazuco”.

¡Oh! Sorpresa para aquellos, cuando este les respondió: “déjenlo que se harte de mango”.  Se cayeron como Condorito, ¡Plop! Para esa época, mi abuelo no tenía conocimiento que era esa vaina.

Alvarito envejeció, sin saber quién se tomaba las gaseosas. Pero quedaron los gratos recuerdos de esos momentos de infancia y juventud que perdurarán, hasta el fin de nuestros días.

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