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El olor a panela fermentada se sentía en esa noche más que cualquier otra, el ambiente estaba irradiado por una especie de sombra que en la esquina del cuarto esperaba con paciencia el desenlace de una vida que no había logrado su propósito.

Se encontraba recostado en su cama sencilla con la camisilla algo más que sucia y con su característico olor luego de una semana, su cabello bien acomodado y una bermuda que parecía reclamaba atención, sobre el piso frio sus infaltables chancletas bien puestas y casi a un lado de ellas el termo cuya agua hace dos días no conocía de la textura de un hielo.

Con su mirada sobre el techo plano y oscuro sentía en su pecho un extraño llamado, que no solo le invitaba a rendirse con su almohada sino además que le decía que algo debía pasar en esa noche llena de olores y recuerdos.

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Feliciano decidió levantarse y comprometerse con su testamento, no el de bienes como se podría pensar para esos efectos, por el contrario fue el de deudas no con acreedores, sino por momentos en su vida, como en la canción de Silvio, el de asuntos por hacer como quien viene al mundo por cosas, y luego las cosas te complican la vida.

Sobre la esquina contigua donde se ubicaba el termo estaba la máquina de escribir que se resistía a desaparecer, al lado de unos calados de cemento que eran su ventana al mundo, y que solo una cortina roja y gruesa lo separan de la dura realidad.

En el camino de esos 4 por 4 metros que eran la extensión de su cuarto y además su casa, miró a la máquina y sintió que lo llamada para que sobre ella explicara al mundo sus últimos pensamientos, desde la mañana de ese día lo abordó cierta nostalgia y premura de despido que hasta esas horas de la noche no lo abandonaban, como tampoco el vacío en el estómago que ya para entonces era más marcado y fastidioso.

Como pudo se sentó sobre la silla vieja de madera sobre la cual hace dos días con un café cargado en un pocillo viejo pensaba en sus años de juventud, reía solo, creyendo que su vida había sido una muestra de bonanzas y escasez al punto de recordar a su último gran amor con cierto aire de creer que solo por ella había valido cada segundo de su existencia, su cabello lacio y largo sobre la cintura y un lunar debajo de la boca que creyó nadie había notado.

En la calle 11 de una Riohacha polvorienta y en una habitación de alquiler un hombre se disponía a despedirse de la vida, sin saberlo eran sus últimos actos, así daba cuenta la realidad de esa noche.

Con sus manos sobre la máquina y con un leve suspiro inició el teclado, sabía que lo importante en una carta o mensaje como el que pretendía, era articular un buen inicio con el final, sobre todo eso, un buen final porque en su caso era su último aliento y mensaje.

Extrañamente su carta inició con una pregunta ¿me recuerdas? decía, e inmediatamente se contestó, “soy el niño que sobre el columpio de madera creía que el mundo seria de mermelada, sobre la vista del lago y su quietud por aquella tarde de verano, a la espera de esa brisa fría pero acogedora” se acordó de el mismo, del inicio de su aventura, porque creía que la vida era una aventura.

Hizo un recorrido por cada día de su imperdible niñez, por su juventud alocada y majestuosa, por la escasez extrema de su adultez, por las mujeres que cada una dieron cuenta de una gran enseñanza, por sus hijos a quienes amó sin decirlo pero una gota de licor siempre lo invitaban a besar. Por sus nietos a quienes sobre su precaria barba con la risa oculta siempre recomponía el cariño que creyó le falto por dar.

Su testamento culminaba con palabras que a pesar de su poca preparación resultaban extraordinarios, “la vida puede ser el curso de cosas que nunca creíste, pero siempre serán el resultado de un suspiro que sin querer culminan en una noche de soledad, solo es que tengas la capacidad de recordar lo valiente que fuiste para vivirla como te la mereces” sintió luego de ello que el peso de ese día se iba con gratitud, y durmió, sin embargo el dolor de su pecho no le permitió levantarse más.

A tu vida Papá.