En la presencia de tu olvido

Néstor José Monterrosa López
Néstor José Monterrosa López
Abogado, especialista en Derecho Público, docente universitario, servidor de la Procuraduría General de la Nación por más de 15 años, actualmente Asesor de Planta en la alcaldía Mayor de Cartagena de Indias.

Resulta que ese fin de semana iban a ser sus últimos días, porque resulta que los días no se cuentan, se viven, y él como el patriarca iba a contar su historia antes de ser olvidado, porque resulta que como el coronel él fue el ordenador de su propio destino fusilador.

Ese primer día en el tiempo del olvido, el fusilador tomó su café sentado en el mueble pensado que un viernes no debe ser para preocupaciones, pero curiosamente ante las señales del tiempo en las nubes la humedad daba cuenta de un día difícil, como si las manos que guían a los ciegos sobre las paredes en el libro de Saramago no sean otra cosa que tus propios actos llevándote a la rutina inevitable de un ocaso anunciado.

Cuando él veía la rutina salió ella, impecable como las mujeres que no necesitan más cosas que su existencia, con un desorden sobre la cabeza que siempre estaba, pero aun después de tanto tiempo el fusilador no podía descifrar si eran rizos sobre las puntas o producto de una noche entre almohadas o manos inquietas, llevaba un suéter de rayas verticales de notas suaves y colores agradables a la vista de un sol oculto pero aparentemente fastidioso, se acercó y le preguntó “qué almorzaremos hoy, ya es casi medio día”.

El fusilador la vio recorrer en varias vueltas la estancia, iba y venía sobre la marcha, se le acercó y preguntó si quería más café, pero ese día ella en realidad quería saber la opinión del fusilador sobre los lunares que reposaban en su pecho, entonces él reclinó su cuerpo miro el techo y pensó “acaso así se despiden las estrellas del universo cuando solo vemos el vestigio de su muerte mucho tiempo después” y le dijo con una sonrisa nerviosa “los lunares se descubren antes de hablar sobre ellos” ella no dijo nada y fue a vestirse.

Pasaron los días desde que se fue, no hubo despedida ni siquiera se dijeron que nunca más se verían, sin embargo, el fusilador en aquel domingo por la tarde lo sabía, sabía que nunca más la volvería a ver como consecuencia de un destino de soledad que había escogido y solo hasta ese momento ella pudo entender, enterrado en el olvido, los libros y el café, una especie de patriarca, pero sin otoño, porque el olvido le llego de imprevisto, y sin la añoranza del poder.

En esos días de soledad el fusilador lloro por una consecuencia que no podía entender, no porque la soledad fuera su destino, sino porque él había decidido que la soledad fuera su verdadera compañía, porque quería aferrarse a una realidad que cualquier ser humano desecharía de inmediato. En el orden que procuraba el fusilador, el martes en labores de limpieza y bajo un sorbo de café oscuro y amargo vio restos de ella sobre el piso, vio resto de su presencia sobre la almohada, vio restos del desorden encantador de ella sobre la silla, sobre el mueble, la vio incluso en el café, la vio en la agonía de las gotas que caían rebeldes de la ducha como un fantasma que te insiste de manera perniciosa en recodártela.

Pasado varios meses el fusilador acudió a una lectura que tenía postergada por años, curiosamente la página era la 289, el libro era el hombre duplicado de Saramago, y en esa página se hablaba de una carta, al jalar el libro de la biblioteca se cayó una hoja doblada, el fusilador la tomó y empezó a leerla, era un escrito de ella, de hace exactamente 7 meses, en la carta con asombroso detalle ella describía el destino del fusilador como si quien lo acompaño por tres años más que ser su mujer fuera un ángel profético.

La carta iniciaba con un hola y su nombre y culminaba con “como en la canción todo me conduce a ti”, el fusilador se sentó y pensó en ella, pero de una manera diferente, como quien acaba de descubrir en su realidad y las letras un destino como el de Karl, como una nueva oportunidad sin zozobra y angustia.

El fusilador guardo la carta en su libro favorito que ya tenía las hojas amarrillas, sonrió y recordó sin razón alguna un día sentado en la playa de Riohacha, con las palmeras en movimientos rebeldes por el viento, entonces supo que el viento pretende su dominio sobre ellas porque la rebeldía no estaba en las hojas sino en las raíces y en ellas no tenía poder.

Últimas noticias

Artículos relacionados

Arrastre para mover

Ir al sitio