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La semana para K inició con una pretendida obstinación por mantener un sentimiento que solo circulaba en una sola vía. Su mañana fue un repaso de la propuesta por tratar de concretar en su idea una última cita con María, el domingo anterior entre el café y el pan confabularon con sus pensamientos justo en el mismo lugar donde le había profesado su cariño.

Creyó tener todo listo en su cabeza y decidió llamarla, ese “hola como vas, qué has pensado” movieron las piezas de su idea, que hasta escuchar su voz creyó perfecta, después no tanto.

En cuestión de segundos recorrió los pocos momentos que compartieron; su último viernes cuando la despedida en casa de ella fue como el preludio de una migración sin retorno. Entonces se llenó de valor, del mismo sentimiento que en una tarde le llevo a creer que las conquistas se dan por las invitaciones y la insistencia, sin saber que el convencimiento en ella parten de otras reglas que K con dureza debía descubrir.

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Le comentó que al margen de los vituperios de lado y lado que se habían suscitado en la última semana, de incluso los fallidos intentos de retomar ideas comunes, ante el rompimiento de su relación, quería guardar un recuerdo más placentero a todos los sentidos y por eso pedía estar con ella una última vez.

Fueron tan simples pero profundas las palabras que K a pesar de la distancia, por el celular podía sentir junto con el silencio la reflexiva actitud de María, quien después de exactos 50 segundos, como los de Sabina, respondió “dale, pero que no sea un eterno final” K ante la alegría que no le permitió comprender la respuesta de María, con voz de complacencia dijo “absolutamente, no será más”.

K se atrevió a imaginar la escena, el preludio del momento, pensó en un día que para ellos iniciaría en una tarde ante comidas de mar y una vista de estructuras coloniales, como la buena vida que siempre había querido pasar. Pensó en ese encuentro entre el mar y el río, y la venta de peces poco furtiva que en sus tiempo de adolescencia veía en Riohacha, ya no sabe si será así, las cosas cambian pensó, unas demoran más, pero finalmente cambian.

Como dato curioso le pidió a María con especial cariño que llevara puesto el vestido de flores grandes que alguna vez le vio y creyó podía ser una excusa perfecta para una noche de vinos y charlas.

Llego el día y el vestido se presentó junto con ella, K estaba tan absorto al momento y la prenda que no se percató del rostro de María, de alguien que llega a una cita como agradecimiento pero sin las motivaciones de las que tanto ella hablaba. Fueron al sofá, y entre par de vinos y algunas precisiones que poco a poco fueron desestimando el anhelo de K, ella le dijo “vamos al cuarto”.

Antes de que el sol pudiera despuntar en plenitud y que la huida furtiva se interrumpiera con una incómoda despedida, María apartó el brazo de K como quien retira una toalla húmeda de la frente de un niño con fiebre, procurando no despertarlo. Sin embargo su sensación olfativa de esas notas dulces, más cuando se utilizan como base de la fragancia, hizo que K levantara levemente la cabeza y tratara con un gesto poco común solicitar una explicación de los movimientos silenciosos.

K esperaba una respuesta relacionada con una noble intención culinaria, sin embargo su idea fue defraudada al notar que con cierta premura acomodaba su vestido, incluso con pudor se ocultaba de su mirada, la misma prenda que con gusto horas antes había tocado, ahora lo veía como un instrumento de su despedida.

María abrió la puerta y dio levemente una última mirada, se despidió con un frio y lapidario ‘chao’ con ella se iban las flores del vestido que por curiosidad se tornaron secas, quizás como sus últimas palabras, K se aferró a la almohada que aun conservada su espíritu y con una envoltura en la sabana recordó al filósofo alemán y acudió al eterno retorno, como reclamando un bucle que solo podía condicionar un café.