Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son responsabilidad exclusiva de los autores y no representan necesariamente la posición oficial de laguajirahoy. Escríbale al autor a [email protected].


-Publicidad-

La época que estamos viviendo es realmente una época de agitación por lo difícil y complejo, y, como todo momento de cambio, requiere de una inteligencia por parte de toda sociedad y de las personas que aspiran a vivir en ella y a dirigirla; es por ello que tiene la necesidad de una corrección en la forma patética de su gobierno.

La nuestra no es una época para llevar adelante una administración de rutina en la marcha del país; para reformarse se requiere un cambio, con un gran equipo líder que dirija, con soporte e ideas para darse cuenta que lo que necesita Colombia a corto plazo, a cualquier costo para encausarse hacia un destino mejor: es un cambio de sistema.

Estaba en estos días analizando el desarrollo del proceso de paz, según los acuerdos de la Habana con una fracción mayoritaria de las Farc, que sería muy difícil de llevar todo lo acordado a la práctica -ya es muy común decirlo-, pero parece que por primera vez, hay esperanza en la mayor parte de la sociedad colombiana de que el país tome un camino seriamente civil y democrático a fin de que ahora en adelante, siempre que se den las condiciones por parte del Estado y de la propia sociedad, no se apele a la violencia para producir cambios.

Existen allende nuestras fronteras, algunas regiones con igual nivel de justicia social, que han logrado su mediana transformación por la vía del consenso democrático, sin necesidad de rupturas ni de rompimientos violentos.

El mismo progreso democrático en el mundo hace posible, en determinadas condiciones, que se pueda llegar a un nivel alto de bienestar social y de democracia real, sin necesidad obligante, como siguen creyendo algunos, de que los cambios se logran tarde que temprano por medio de la violencia.

Desde luego que habrá casos en que esto no es posible cuando intervienen circunstancias de opiniones políticas adversas. Sin embargo no obstante el silencio de muchos, lo que esperamos todos los demócratas y lo que deseamos vivir en un sociedad más equitativa y justa, es un cambio dentro de un proceso popular y democrático.

Tanto Colombia como otros países en vías de desarrollo, están en una etapa mundial de cambios, y nosotros no podemos pensar en ser una región perdida en Latino América, ni podemos quedar por fuera de las corrientes mundiales tanto sociales como económicas. 

Además estamos entrando en una nueva sociedad, con una generación dispuesta a darse su propio destino, que nos obliga a pensar de otra manera, y hacer un examen de conciencia y ver si el país puede seguir por el mismo camino andado, hace doscientos años con verdades a medias, sin pensar en las reformas necesarias para la transformación en sus estructuras débiles económicas de producción, en beneficio de esta misma sociedad.

La pregunta que en soliloquio me hago, y exteriorizo la misma nerviosidad a los demás no con palabras homófonas. ¿Qué debemos ser nosotros, de dónde partimos, cómo va a enfrentar este gobierno los embates de los «cuatro jinetes de la apocalipsis»; el desempleo, la inflación, el déficit en las finanzas públicas,  el deterioro en la calidad de vida, que se multiplica con la incontrolable corrupción, la inseguridad y la subversión galopante. En esta época y en momentos tan difíciles como la pandemia?

Esa inquietud forma parte en la falta de credibilidad de la opinión pública en su clase dirigente representada en el Congreso  con nuevos movimientos y concretamente en los partidos tradicionales, que con las reformas que benefician al pueblo son ajenos a modificar los hechos y producir verdaderos cambios.

En la reforma Constitucional de 1936 en el primer gobierno de Alfonso Lopez Pumarejo, se consagró una enmienda que no ha tenido el suficiente desarrollo que desde hace 80 años se podría haber hecho enormes e invaluables transformaciones en las relaciones sociales y de producción de este país. Incluso la reforma agraria hubiera salido de la Ley de Tierras aplicada correcta y fácilmente en aquella época. Hoy se requiere medidas de carácter administrativo, aparte de otras grandes medidas políticas engorrosas que se están tratando de hacer tardíamente y sin suficiente claridad, para que a través del Incoder hoy ‘agencia de tierras’, se entregar a los campesinos las tierras osiosas, si tienen el apoyo de un político influyente, y le adjudiquen un pedazo de tierra, para dejar de ser campesinos que siembran en tierra ajena.

-Publicidad-