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Simón con especial atención escucha la clase de sociales que, en su aventura de primaria, le hacen despertar curiosidad sobre la democracia, en su parecer de niño, resulta que la idea que su maestra le está conversando refleja en esencia y simpleza, lo que el señor de la televisión debería tener presente.

Las ideas cuando atrapan tu atención te pueden ensimismar y no encontrar mayores distinciones que la de un ambiente que contemple la solución de ellas. Pero Simón en el pensamiento por entender las palabras que consignan el poder en las masas, recuerda algunas de sus noches, cuando de vez en cuando siente que debajo de su cama existen actores que pretenden perturbar su sueño.

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Incluso está tentado a darles nombres, para saber cómo llamarlos cuando pretenda retarlos, no sabe Simón que esos fantasmas según avance su vida, saldrán de esa oscuridad y siempre bajo otras ideas, otros factores u otros matices, pretenderán lo mismo, hacerle creer que son ellos quienes tienen el control de sus sueños.

Nuestro personaje ya mayor aprendió en el repaso de sus años, que el miedo será siempre una técnica a las que acuden los incapaces, en el despertar y la subconciencia del ser humano siembran ideas fluctuantes porque la variación en el entorno nos hace perder de vista lo realmente importante de las cosas.

La finalidad por la que un ser se mueve hacia un determinado lugar o por un determinado propósito, creyendo que la felicidad tiene algo que ver con el dinero y la aparente tranquilidad, es un debate que se encuentra arraigado en los modelos de una sociedad líquida, como lo expone Bauman.

Los días, las noches e incluso los despertares en la madrugada caminando en la oscuridad afanado por encontrar el interruptor que te devuelva la luz y te aleje del fantasma, y así puedas tomar ese vaso de agua, que crees es lo que te despertó.

El fantasma te acompaña porque lo has decidido así, es él quien te habla al oído cuando pretendes pensar y actuar diferente, es el fantasma que ha salido debajo de la cama y te acompaña para que no tomes un rumbo desobediente, o por lo menos uno que se salga de los discursos acomodados que condicionan por prismas multicolores la historia.

Simón ahora está sentado en un sitio de la calle primera en la capital Guajira, y mira las palmeras moviéndose con cierta sintonía al sonar del viento, le agrada la amplitud de la arena en esa playa, y piensa con un libro en su mano, lo agradable que se siente el contacto físico del texto, pretende creer que es un contacto más directo con el autor.

Este libro por alguna razón le hace recordar a los fantasmas que aún lo acompañan, con otros nombres y palabras, en las bocas del poder, con otras imágenes en la naturalidad de los aduladores, pero con el mismo propósito, como es condicionar su vida y libertad, esa libertad que te llega sin condición y sin reparos, sin anclarte al miedo como instrumento que te mantiene en un puerto limitador.

Mientras pretende retomar la lectura, la de ese día era algo de Camus, recordó un texto de Saramago sobre la ceguera, vinieron a su cabeza estas líneas “a primera vista, los ojos del hombre parecen sanos, el iris nítido, luminoso (…) el ciego notó que lo agarraban del brazo”, y cerró nuevamente la página de su lectura actual, y pensó en cuáles brazos serían los que lo han conducido hasta ese momento, incluso en su modo de vestir, y si esos brazos serían los de sus fantasmas.

Se imaginó una tierra sin la consolidación de algo tan elemental pero demorado como el agua potable, muy a pesar de una constitución de más de 30 años, y de niños que mueren de hambre, incluso después de miles de discursos que prometen combatirlo, incluso de mil gobiernos que se desgarran la vestidura por una clase política atroz, sin dejar de pensar que los de otras tierras son la misma clase, quizás distintos colores, sabores y temperaturas, pero entendiendo Simón, que era su ceguera la que hasta ese momento no le había permitido ver el rostro de sus fantasmas.

Ahora los conoce y sabe sus nombres, sabe dónde buscarlos y que decirles, ahora puede caminar con tranquilidad porque los discursos de miedo no necesitan un interruptor, ahora lo necesario está en su cabeza.