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Fue un despertar bastante peculiar para Simón, una noche difícil, de males y fiebres que llevaron a su memoria recuerdos de amores eternos en su corazón. Con algo aún en su cuerpo de los estragos de un malestar propio de días lluviosos, y una taza de café, su primer acto fue ir hasta la reja de su terraza y tratar de poner en orden sus ideas, aquellas que en los sueños le permitió por ese momento difícil, encontrar en su memoria las fuerzas para su presente.

Entre sus múltiples asuntos a solucionar, pretende por ensoñación de una mirada al pasado escuchar de nuevo la “voz” de quien es su ejemplo. Fue entonces cuando surgieron en él, dos palabras, gratitud y esfuerzo, parecieran ser palabras simples, pero suelen resultar un problema en la práctica. Pero de seguro permiten a cualquiera, en vez de llorar, lamentarse, o quejarse, poder pararse, sacudirte y volver la carga a tu hombro y continuar el camino.

“Era ella” dijo Simón, “de seguro era ella que me daba ánimos” atinó; así entonces que miró la taza de café un poco vacía, y volvió a llenarla, porque según él, las ideas, y los recuerdos con esa bebida de grandes amores, surgen de mejor forma.

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Recostado esta vez, sobre un lugar sin nada especial, era allí donde siempre la volvía a ver, tendida sobre el piso de la sala viendo una novela, a su espera para contar par de cosas, se reclinó y buscó el consejo.

Su pensamiento lo llevó a dos momentos, el primero de su mano, en las atareadas calles de Maicao, la vida propia que los ires y venires de un comercio, que, sin quererlo, fuera de la denominación de “contrabando” fue la alternativa económica de muchas familias, quienes, entre noches de viajes, y pericias de rutas, permitían nutrir de muchos elementos a lugares de la costa, o por lo menos ese era su territorio conocido.

Un recuerdo en la comercial tierra Guajira, fue el punto de inicio que le brindó el café, preguntándose “y porque este”, aún no podía entender el mensaje.

El segundo momento, o recuerdo, lo llevó a ese día, el cual precisa incluso desde la noche anterior, y por cosas del misticismo de la vida, vino a sus labios casi que inconscientemente la canción “esto no es amor” de Milanés, y se levantó con el café a media taza.

Fue a buscar un mensaje perdido, y entonces leyó, “feliz cumpleaños”, por un mensaje oculto entre líneas, de inmediato Simón se dijo “es eso, debe ser eso”, así que, con más calma, se situó en ese día, en un preciso momento, en un instante que pareció detenerse por siempre, por siempre en su mente, y en su corazón, es el momento del adiós, quizás triste ese día, pero “ahora no tanto” concluyó.

No hubo despedidas, no hubo lágrimas, no hubo palabras, ahora comprendió que no fueron necesarias. “No son necesarias este tipo de despedidas, cuando inevitablemente la vida debe abandonar el cuerpo”, se dijo.

Simón solo precisa su gran felicidad de esa mañana, anunciando con un beso la eternidad, como si ese fuese su regalo, su marcado y eterno recuerdo. Se la imaginaba a ella en aquel día, sin rendirse ante nada, sin doblegarse ante nada, con el elemento esencial de una vida generosa, sin nada que llevar, porque todo lo ha dado, porque no se ha quedado con nada.

Eran sus manos despidiéndose, y mirándose entre sí, por última vez, como dos cómplices que se entienden y sonríen, porque a pesar de saber que no volverán a verse en esta forma, han entendido el valor de vivir como corresponde, como diciéndote con las manos abiertas y extendidas, te quedas con todo lo que tenía, es tuyo, vívelo y dalo por igual.

Entonces ya con la taza de café vacía, se levantó de la silla, secó sus lágrimas de felicidad y salió a vencer ese problema, que quizás como esa fiebre solo sea un mal recuerdo de la noche anterior. Entendió como una noche de “tormenta” te lleva a los brazos de un ser maravilloso para recordarte cual fue su herencia, la lucha incansable de alguien que se levanta las veces que tenga que levantarse.

Simón solo piensa, que de seguro no puede existir mejor recuerdo, mejor momento, mejor tristeza que aquella que te ayude a precisar la importancia de la vida, porque al final la tristeza como hecho doloroso se ira, como la fiebre pensó, “como la fiebre”.

A ti Mujer, por siempre en los corazones de quienes te amaremos hasta la eternidad.

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