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En alguna ocasión, mientras asistía a clases en la universidad de La Guajira, coincidí con el tropel de un grupo de migrantes, apretujados a un lado de la carretera en pleno sol. Consigo llevaban a cuestas decenas de maletas desgastadas, morrales de exiliados prematuros y bolsas de todos los colores atiborradas de otras pertenencias que solo a ellos podrían importarle.

Eran las dos y treinta minutos de la tarde. Por aquellos días, el municipio adelantaba mejoras en la vía que conduce a Maicao y un gran tramo de carretera se encontraba en mantenimiento. Debido a ello, los autos se represaban sin compasión y un simple trayecto de rutina podría convertirse en una completa odisea.

Las motos arbitrarias solían escabullirse entre los vehículos y los improperios jamás escuchados salían de la boca de otros conductores inconformes por la avidez de los motoristas y por la abundancia de comerciantes venezolanos desperdigados hasta donde imaginación lograba alcance.

Algunos niños sin dueño, corrían imparables y descalzos dentro del polvorín que los autos levantaban a su paso cuando elaboraban maniobras prohibidas para adelantar a otros y sus padres acróbatas no escatimaban esfuerzo alguno para promover algún tipo de comercio digno que les permitiera alimentarse ese día.

Desde fósforos para encender sueños muertos, chicles de sabor eterno hasta escapularios mágicos que tenían la facultad de engañar a los incrédulos, se podrían encontrar en medio del tropel avasallador de vendedores ambulantes caminando de un lado para otro como si no tuviesen coordenadas fijas en el mundo.

Dentro del vehículo, un par de mujeres conversaban con orgullo sobre las intervenciones quirúrgicas que pensaban realizarse para bendecirse las tetas y las decenas de solicitudes foráneas que hostigaban sus redes sociales.

En el asiento principal, un hombre se quejaba por las condiciones regulares del aire acondicionado y maldecía en voz alta las altas temperaturas. A su vez el conductor, manipulaba el dispositivo móvil, deslizándose en la pantalla en busca de una conversación inconclusa la noche anterior y el nuevo feed de Instagram donde Andrea Valdiri aparecía moviendo las nalgas por enésima vez en la misma semana.

De repente sintió una sed abrumadora e hizo una señal a una de las vendedoras que promocionaba botellas de agua mineral. Afuera, la inclemencia del clima no daba tregua. La poca vegetación obligaba a los patriotas bolivarianos a enfrentar la inclemencia del sol con herramientas inútiles como abanicos de cartón, sombras de trupíos áridos y sombreros invisibles.

Nadie sabe a ciencia cierta en qué momento la mala hora quebró las costillas de Venezuela, pero desde entonces el flujo migratorio hacia Riohacha y otros municipios de La Guajira se incrementó considerablemente. Los menos escépticos atribuían el fenómeno a la prostitución religiosa, exceso de santería y al ocultismo que se desarrollaba en algunos estados del vecino país.

Otros más aterrizados, adjudicaban el fracaso rotundo de un país en ascenso, a la poca pericia de un gobierno analfabeta y un pueblo ciego con excesos de beneficios sociales que no supo escoger mejor a un justo representante.

Sea cual fuese la razón principal, millones de venezolanos pasaron de la abundancia torrencial a una marginalidad increíble en poco tiempo y los más afectados de sus malas decisiones fueron ellos mismos. Obligados a la segregación, muchos iniciaron un éxodo implacable hacia rutas que nunca hubiesen imaginado y debieron asumir actividades imprevistas para sobrevivir en espacios geográficos donde las personas los excluían cruelmente.

Algunos con ocupaciones formidables y salarios envidiables en tiempo atrás, terminaron vendiendo café o limpiando vidrios en los semáforos de la calle quince o la avenida cuatro vías. Mujeres de piel bendita arañaban el sustento bajo formas incomprensibles del amor rentado en la calle catorce o diseñando cejas geométricamente perfectas a domicilio.

Los hijos pródigos aguardaban en las afuera de los establecimientos de comida alimentándose con los olores de las salchipapas, hamburguesas y todo tipo de manjar callejero que pudiese saciarle la necesidad.

En la avenida primera hombres disfrazados de mujeres desfilaban en las noches a la espera de esposos insaciables de inclinaciones ocultas, quienes impulsaran el negocio de los cuerpos y propinaran buenos ingresos para el sustento de ese día.

Por primera vez en la historia, Riohacha sufría en carne propia las consecuencias de un fenómeno cultural presente desde tiempos inmemoriales en otros países. Sin embargo, la problemática no es exclusiva del flujo migratorio; ya que desde mucho antes eran numerosas otras goteras en el techo: Contratos millonarios de alimentación echados en saco roto y adecuaciones de carreteras que parecen hechas con cascara de huevos.

El problema que nos agrava no tiene que ver con la migración. No, estamos frente a un departamento sin doliente. Algún día escribiré sobre huevos fritos y quizás alguien me comprenda.

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