Francisco J. Brito el transgresor

Amylkar David Acosta Medina
Amylkar David Acosta Medina
Expresidente del Congreso de la República, exministro de Minas y Energía, miembro de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas y miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de Historia. Docente e investigador de las universidades Externado de Colombia, Los Andes y Rosario. Autor de 44 obras publicadas.

El 6 de junio se conmemora y rememora la partida hace 50 años de un personaje legendario y muy singular, que dejó a su paso por la vida una honda huella, se trata de Francisco Javier Brito Vanegas, riohachero hormonal, para utilizar la expresión del premio Nobel de literatura José Saramago. Tronco de una familia prestante y connotada de nuestro Departamento y que ha sabido fructificar su legado como el talento de la parábola del pasaje bíblico.

Comerciante y emprendedor, cuando en La Guajira era la actividad económica predominante, cuando La Guajira, situada en el lugar más septentrional, ‘majestuosa, encabezando el mapa’, como la describe en una de sus más bellas canciones Hernando Marín, enclavada en la cuenca del Caribe, tenía una estrecha relación comercial con Aruba y Curazao. Francisco Jota, como era conocido y reconocido en toda la región administraba su propia agencia a través de la cual recibía y despachaba barcos mercantes. Entre estos se destacaron el Riohacha y el Caribe. Este último encalló en las playas de Riohacha, en donde en medio de la desidia y el abandono quedó reducido a sus ruinas.

Sus inquietudes intelectuales y su avidez por la lectura lo llevaron a alternar su actividad comercial con la de gestor cultural a través de su Papelería y librería ubicada en La marina, más exactamente al frente de la Terraza marina. Yo fui un asiduo visitante y uno de los clientes que la frecuentada, atraído por las revistas y los libros que allí se expendían, además de la cartulina, el compás, los cuadernos y lápices, sitio obligado para nuestros padres, además, para adquirir los útiles en la temporada escolar.

Yiya, que era la dependiente, me fiaba las revistas Selecciones, Cromos, Life, Bohemía, entre otras, así como los libros. Como detalle, recuerdo gratamente que allí adquirí los primeros libros, diferentes a los textos escolares, que me leí, destacándose entre todos ellos La rebelión de las masas del gran pensador y filósofo español José Ortega y Gasset, autor este del cual quedé prendado y con los años y gracias a la profundización en su prolífica producción intelectual me consagré como Orteguiano de todas las horas. ¡Inolvidable para mí esta etapa de mi vida en la que me crucé en el camino con Francisco Jota! 

Este personaje mítico y multifacético, además de comerciante y gestor cultural, también sacaba tiempo para el esparcimiento de él y de sus congéneres, marcando un hito en la bicentenaria historia de las fiestas carnestoléndicas en Riohacha, en las que su protagonismo fue proverbial. En vísperas de los carnavales de 1918, reunido en casa de los Dáes, al calor de unos tragos de Brandy Pedro Domecq y teniendo como contertulios a Rafael Aarón y Santiago Zúñiga, nació la idea del célebre Bando de Francisco Jota Brito, que se tornó en una institución inherente a estas festividades desde que se estrenó el sábado de carnaval el 27 de febrero de 1918, ¡y él mismo en una figura icónica de las festividades propias del Carnaval!

El Bando consiste y digo consiste porque la Fundación Francisco Jota Brito lo rescató del olvido y por ello pervive, en unas letanías cargadas de humor y jocosidad, que dan cuenta de la cotidianidad, del diario acontecer, visibilizando y no pocas veces denunciando las tropelías y las bajezas de la política y de la administración pública. La sátira es su principal arma, de la cual tampoco escapan personajes de la sociedad riohachera e incluso aquellos con figuración nacional.

No pocas veces su estilo cáustico y transgresor lo malquistó con quienes eran víctimas de sus invectivas. Tal fue el caso del “turco” Jorge Saye, a quien en uno de sus bandos le atribuyó, mofándose de él, la autoría de un libro titulado “Tirando a la izquierda”, pues montó en cólera y lo desafió a un duelo que terminó en un abrazo y una parranda que se prolongó durante tres días con sus noches, desde luego por cuenta del “ofendido”.

La lectura del Bando, que se repetía cada año, porque era un evento infaltable de la celebración de los carnavales, era algo histriónico, tanto más por lo ceremonioso y la prosopopeya que se gastaba Francisco Jota, ataviado de su saco leva y el sombrero de copa negra con su cinta roja, a la cual se añadía, cómo no, la espigada estampa de sus casi dos metros de estatura, muy propia de los Brito. Allí daba rienda suelta a su humor e impostada voz para hacer las delicias de los concurrentes con la irreverencia de los mensajes de los que eran portadores todos ellos.

Un hecho insólito e impensable por fuera de este contexto fue su fundación en el año 1950 de la Universidad “Coma, beba y viva feliz”, cuya principal carrera era “La Ingeniería del Sistema Etílico”. Y es más fue laureada por parte de esta universidad de gocetas la tesis que llevaba por título “el que bebe se emborracha, el que se emborracha duerme, el que duerme no peca y el que no peca va al cielo, y puesto que al cielo vamos, entonces bebamos”. ¡Y al cielo fue Francisco Jota Brito y desde allí sigue impartiendo cátedra en la Universidad que él mismo fundó!

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