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La universidad de La Guajira nos envía señales acerca del cumplimiento de su misión institucional a partir del cumplimiento de sus funciones básicas, docencia, investigación y proyección social. La investigación debe ser el centro de esa funcionalidad, si se mueve en la frontera del conocimiento, sirve a la sociedad regional y todo ese saber lo vuelca en el proceso de enseñanza aprendizaje.

Es lo que se logra leyendo entrelíneas los resultados de una investigación realizada por un equipo de docentes investigadores del Programa de Licenciatura en Educación Física, Recreación y Deporte de Uniguajira, sobre las prácticas alimentarias de La Guajira y de cómo el 70,35 % de los hogares urbanos guajiros son pobres y tratan de resolver “el hambre”, que ellos llaman “necesidad diaria de alimentarse” a punta de creatividad y recursividad. Es decir, las madres en razón de sus circunstancias, palian el hambre volviéndose recursivas y creativas. Hacen “rendir” la pobreza.

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Es claro que el hambre y la pobreza, en general, dan para todo. Las madres guajiras, la torean, la esquivan, pero solo hasta donde sea posible. Llegará un momento en que la escasez de alimentos es máxima y el hambre, acosará sobre todo a los infantes, y sentirán, como decían los viejos, “el estómago pegado al espinazo”, y el hambre recurrente llevará a la desnutrición, a la enfermedad y como también se ha visto en La Guajira, a la muerte. Queramos o no, en La Guajira hemos sufrido de hambre siempre. Tenemos hambre vieja, así le echemos más agua a la sopa. 

Colombia misma es un país con hambre. Un reciente estudio del Dane manifiesta que “Así, hoy son 2,4 millones los hogares que ingieren menos de tres porciones diarias de alimento, 2,2 millones de familias en el país comen dos veces al día, 179.174 hogares se alimentan solo una vez y 23.701 hogares a veces no tienen un plato diario”. Es claro que si así está Colombia, La Guajira que es de los mas pobres entre los pobres, sufre por muchas necesidades insatisfechas y entre ellas, siempre está presente el Hambre, con mayúscula.

Lo de que en La Guajira tenemos hambre vieja, no es una apreciación nueva. El muy reconocido antropólogo, exgobernador encargado del departamento, Doctor Weidler Guerra Curvelo señaló en una columna periodística de 2016 que el coronel de ingenieros Antonio de Arévalo afirmó en 1776 que “los guajiros siempre están necesitados de alimentos” y que el investigador sueco Gustaf Bolinder filmó niños desnutridos en La Guajira en 1920. Y están todavía recientes las cifras de niños wayuu muertos por desnutrición en la última década y aún en años recientes. Los muertos por hambre o desnutrición no han sido pocos, vergonzosamente.

De casi nada han servido los planes contra el hambre que han adelantado algunos gobiernos departamentales como el de Pérez Bernier con su “Guajira sin Jamushiri”, o el de Gómez Cerchar con su Plan de Alimentación y Nutrición, PAN, ni los desarrollados anualmente por el Icbf que han derramado millones tras millones para amainar el hambre, para acabar la desnutrición entre los niños wayuu. Ni falta que hace decir, porque todos sabemos, que la mayoría de esos recursos se han ido por las cloacas de la corrupción y de la clientela política.

Con la situación descrita de Colombia y La Guajira, está claro que el papel de la investigación social de la universidad de La Guajira debe avanzar mucho más de lo que nos muestra hoy en el estudio del hambre de nuestra gente, que no solo basta con aplicarle creatividad para amainarla, sino que hay que conocerla a fondo para determinar una historia dietética, con hábitos alimentarios y nutrientes consumidos para determinar el muy seguro déficit de ingesta.

¿Cómo es el hambre en la Alta Guajira? ¿Es igual en verano que en invierno? ¿Cambian los hábitos alimentarios en tiempos de sequía? ¿Cómo es la historia dietética de los wayuu? ¿Qué comen y que no comen los niños y qué nutrientes les hace falta para alcanzar un desarrollo físico y mental como debe ser? Allí está la clave para generar pautas de solución y no solo en la Alta Guajira.

Habrá que conocer en detalle a nuestros hermanos wayuu para afrontar la problemática. No basta con saber que las madres guajiras se vuelven creativas y recursivas. Hay que caracterizar suficientemente esa hambre vieja, para atacarla mejor.