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Margot resolvió visitar el odontólogo esa misma mañana. Durante semanas, una punzada letal e intermitente le producía en la dentadura un dolor aciago todas las noches y conciliar el sueño resultaba un deseo reprimido para el cuerpo. Sobre la cama, deambulaba en miles de universos hasta que llegaba el alba y entonces el sol calentaba los vidrios de la ventana.

Era una mujer de alegrías invencibles y había vivido por mucho tiempo la vida que alguna vez hubieses querido no vivir; de manera que, a sus cuarenta y cinco años, juró dar rienda suelta a esa porción de ella misma que nadie conocía, así fuera lo último que hiciera antes de morir.

En aquellos días durante la pandemia, adquirió el habito de dormir con los ojos abiertos por miedo a que el covid-19 la sorprendiera desarmada sobre la cama y la nostalgia terminara salpicando de ternura, aún más, cada momento diluido en la memoria de las cosas.

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De un momento a otro, cada aparato empezó a desprender un aroma de olvido. El reloj sufría en carne propia las inclemencias de la inexactitud y las horas que anunciaba se parecían unas a otras, de manera que la mañana podría confundirse fácilmente con la tarde y las tormentosas lluvias de octubre como el verano implacable de julio. Cuando agosto apareció, la rutina había colapsado.

Riohacha se envolvía de estupor. Incluso, la pandemia logró resolver algunos otros aspectos que parecían menos importantes. Sin tiempo para despedirse, los más enfermos viajaban atravesando senderos infinitos hasta que resultaban extraviados de la realidad, mientras que sus familiares atónitos tardaban horas en resolver los misterios de una muerte imprevista. En el consultorio, Margot estuvo atenta a las indicaciones del auxiliar de odontología. Mientras el medico extraía una muela a uno de los pacientes habituales, Margot reorganizaba mentalmente la rutina del día siguiente.

De repente, otra Margot parecida a ella, vestida con el mismo traje de tulipanes y las mismas sandalias negras, ingresó al consultorio, se sentó a su lado y fijó la mirada, al igual que Margot, la primera, en los dieciocho diplomas médicos colgados en la pared.

Margot, se sintió desolada y un relámpago helado le atravesó las coyunturas, inmediatamente el dolor de muela y cualquier dolor humano en aquel cuerpo de cuarentana voraz, desapareció. Margot, la segunda, cerró los ojos y esperó con ansias el llamado del médico. Cuando no podía ser peor, una tercera Margot, coincidió con ellas en el mismo sofá.

Absorta por la fatalidad de verse repetida, intentó calmarse leyendo varias revistas de moda francesa y también escrutó las ultimas noticias sobre el confinamiento en un periódico local. Margot, la primera, se hurgaba los dientes con la punta de la lengua hasta que tropezó con una encía rota y lanzó un grito endemoniado. El medico se asomó en la puerta asombrado y por la hendija de luz, las otras dos Margot se miraron perplejas cuando vieron a Margot, la cuarta, encima del mueble odontológico acomodándose el vestido.

“En el confinamiento pueden pasar muchas cosas” – Pensó Margot.

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