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Esa noche, mientras se deslizaba sobre la nueva actualización de noticias en la App de la CNN, una imprecisión en el dedo en la pantalla, lo condujo a varios perfiles de mujeres latinas que buscaban esposos extranjeros. La coincidencia cayó como anillo al dedo, pues desde hacía varios años, ante las escazas oportunidades del amor local, vacilaba entre la tentativa de buscar una esposa en otra parte del mundo o llegar a la vejez solo.

En ese vericueto de posibilidades conoció a una joven wayuu, con pocos años a cuestas, de piel fresca, quien terminó seduciéndole el alma.

Durante las conversaciones que sostuvieron por meses, ambos se compartieron imágenes de la geografía local, información cultural de primera mano y buscando abrirse el apetito, otras fotos prohibidas donde involucraban partes de sus cuerpos.

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Las extensas colchas de nieve apiladas sin estupor sobre Puente Graskeller en Hamburgo contrastaban con el árido desierto de la Alta Guajira y los vitrales saturados de luz de La Filarmónica del Elba con los colores esplendidos inmersos en la cosmogonía wayuu y los millones de cardones incrustados sobre una tierra olvidada desde tiempos inmemoriales por la providencia.

El alemán no tuvo otro remedio para la excitación en el corazón y terminó viajando desde el otro lado del mundo para conocer las bondades de aquel paraje inhóspito que no lo dejaban dormir y al prospecto de mujer con la que pensaba casarse algún día. Fue así, como una tarde, se apareció en Riohacha, con un morral apretujado de camisetas de Hard Rock y diferentes bermudas del mismo color. Era largo, de un metro y ochenta y cinco centímetros, de brazos insípidos y el cabello rubio como si estuviese teñido de oro puro.

En la primera inspección que realizó a la ciudad, a pleno sol de medio día, el sopor lo sorprendió de forma abrupta y decidió refrescarse los huesos, tomarse con varios cocteles en el Callejón de las Brisas. Cuando pidió la cuenta al mesero, el valor de las bebidas le pareció exagerado y en ese mismo momento empezaron las desavenencias.

De camino al hotel, la piel se le puso roja como un tomate maduro y por primera vez en toda su vida sintió todo el calor de universo junto en un mismo lugar. Sin embargo, desde la habitación en el octavo piso, mientras contemplaba el mar ingrávido y la tormentosa tranquilidad del azul desbordándose hacia el infinito, pensó que por fin había conocido el paraíso.

Minutos más tarde, la joven le dio algunas indicaciones por mensajes de texto y las repitió tantas veces dentro de su cabeza que terminó aprendiéndoselas de memoria.

Ante la mirada impávida de los lugareños y foráneos sin patria, anduvo por toda la calle ancha y luego abordó la séptima en sentido contrario, hasta tropezarse con el mercado público. Haciendo uso de un español rudimentario y mal aprendido, abordó un automóvil que lo dejó abandonado en cuatro vías minutos después. El conductor, un timador con experiencia en turistas indefensos, le cobró diez veces más al pasaje acostumbrado, pero el alemán no opuso resistencia. Canceló con obediencia la imposición e incluso ofreció una propina proporcional a la suma de los pasajes.

Desde allí otro auto destartalado se ofreció a llevarlo hasta Uribia. Sin embargo, a mitad de camino el auto se apagó y una humarada proveniente del motor los obligó a escaparse por la ventana para poner a salvo sus vidas. Angustiado, se extravió sin pensarlo en un camino irreal y no fue consciente de ello hasta que varios encapuchados de acento confuso se cruzaron de forma imprevista a su paso y lo asaltaron sin compasión alguna. Después lo amordazaron y lo escondieron sin zapatos detrás de unos matorrales de tierra árida.

Horas más tarde, un indígena compasivo que transitaba por aquel relieve de infortunio, lo auxilió. Cortó la soga y le ofreció agua para la insolación. Después, lo acercó a la plaza del pueblo. Cuando se despidió, le dijo algunas palabras en idioma wayuu que no pudo entender. La joven apareció unas horas más tarde, pero no era tan exacta a la imagen construida de ella durante tantos meses, de manera que, la turbulencia en él, de aquel encuentro soñado, se redujo sustancialmente en la medida que se hacía consciente de la realidad. Almorzaron juntos, pero el alemán no tuvo ánimos para hablar.

Se quedó acostado en la hamaca haciendo la digestión adecuada hasta que despertó extasiado en una de las sillas del Zum Brandanfang y pensó: “Creo que mejor no aprenderé wayuunaiki”.