Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son responsabilidad exclusiva de los autores y no representan necesariamente la posición oficial de laguajirahoy. Escríbale al autor a [email protected].


-Publicidad-
-Publicidad-

Cuando nuestro abuelo falleció, no imaginamos que la muerte podría llegar a ser tan rigurosa como algunos aspectos de la memoria, pero la vida, tarde o temprano, adquiere esa terrible facultad y termina perdiendo vigor ante las bondades del tiempo.

En aquel entonces, vivía en Valledupar y la mayoría de las veces, los deseos viajar a Riohacha terminaban fulminados por los compromisos económicos que había adquirido en mi nuevo rol de hombre de familia y otras indulgencias tales como el azote de los empleados de Electricaribe cortando la energía a los deudores en el barrio, Emdupar llevándose a la fuerza los controles del agua y las miles de llamadas de la directora del colegio cobrando las pensiones atrasadas.

Sin embargo, los años galopaban como bestias inquebrantables y los recuerdos felices en los cuales coincidíamos, fueron desgastándose en la medida que crecía y enfermaba de adultez.

-Publicidad-

Una mañana, con la voz devastada, mi hermana me comunicó su muerte y justo en ese momento, como si un relámpago de conciencia hubiese atravesado mis coyunturas, regresé en el tiempo, exactamente cuando mi abuelo me fabricaba una cometa.

Abundaba de lozanía entonces. Tenía el sombrero impecable, camisa manga larga de cuadros azules, su pantalón de lino recién planchado y los zapatos de charol que usaba los domingos para ir a misa.

Se llamaba Pablo, Pablo Atanacio. Amaba los sueños que se introducen en el alma cuando piensas en ellos con los ojos cerrados y esa misma convicción desarrolló en mis huesos una obstinación por alcanzar lo inalcanzable. Así fui creciendo y él, a su ritmo, fue perdiendo la batalla que se libra con los años.

Después de la cometa, vinieron otros inventos peculiares: el trompo de madera con una púa de metal, la pistola de triquitraque, la resortera para aniquilar palomitas y la espada sin filo que cortaba las hojas vírgenes de los almendros.

Eficaz con los números, poseía una habilidad innata para los cálculos improbables y para narrar historias fascinantes, cuyas hazañas obligaban a mis ojos a un insomnio voluntario. Siempre admiré como resolvía cada inclemencia de la rutina y esa enorme capacidad de enfrentarse al destino sin tanta complicación.

El día de su funeral, escribí su nombre con el dedo sobre una lápida fabricada de cemento fresco y lloré por dentro a caudales hasta que la pesadumbre nuevamente me devolvió en algún lugar del tiempo y tropecé con él mientras jugaba una partida de dominó con otros abuelos sin dueño.

Cuando me advirtió, gesticuló una benevolencia con el sombrero e hizo señas para que observara un aviso que estaba detrás de mí. Volteé mi rostro y leí: “Solo se aceptan abuelos, no insista”. Luego sonreí y él me guiñó un ojo.

Desde ese entonces hasta la actualidad, han transcurrido muchos años y sigo pensando en él, y cierro los ojos y en el fondo, muy detrás de todo, en aquel pedacito de vida que nos dejan nuestros seres amados cuando tienen que partir, lo descifro en la imagen exacta que tengo de él, sus ojos tristes y los ademanes vigorosos de los brazos cuando hablaba. También recuerdo la cometa atravesando las nubes y el vuelo de los pájaros debajo de ella. Siento el nylon caliente en mis manos y el sol de julio azotándome la espalda.

Al fallecer, mi abuelo adquirió ese halito de inmortalidad que tanto leí en la mitología griega y hoy, tras una lucha innecesaria con el olvido, recordé que los abuelos no se mueren, solo se hacen inmortales en la memoria y reciben el permiso divino otorgado por la mismísima providencia para jugar dominó toda la eternidad.

-Publicidad-

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here