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Desde que agudizó la cuarentena en el país, cualquier avance en materia de educación en el Departamento de La Guajira se precipitó hacia el abismo y precisamente, la misma educación pública fue la más afectada.

La hecatombe de la pandemia, terminó desvistiendo algunas realidades ocultas: Instituciones Educativas sin plataformas de aprendizaje (LMS), docentes con poca pericia en las herramientas tics, alumnos que a duras penas sabían encender un equipo de cómputo y una frágil asignatura de informática donde irrisoriamente solo se aprende a dibujar en Paint o cambiar el color de los títulos a un documento de Word.

Sin planes de contingencia y con una armadura fabricada con cascaras de huevo, la educación en todas sus formas, se vio obligada a enfrentarse con un gigante anunciado desde hacía muchos años y que finalmente empezó a tomar forma en el año de 1982, durante el Gobierno de Belisario Betancur cuando se apoyó la iniciativa de extender la educación superior a otras partes del país, adoptando la virtualidad dentro de la malla curricular.

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Así nació la Unisur, conocida más tarde como la Unad, la primera institución educativa en Colombia que le apostó a la virtualidad.

De manera que la “virtualidad”, empezó a retumbar en la esfera educativa, muy a pesar de que una gran mayoría de ciudadanos mostraba escepticismo a las bondades de la tecnología integrada al sistema de educación formal. La incredulidad se mantuvo en sigilo durante décadas y cuando el Gobierno Nacional optó por la suspensión inmediata de las clases presenciales, aquel escepticismo pasó factura y a las Instituciones Educativas el mundo se les vino encima.

A regañadientes, los colegios iniciaron un tímido proceso de adaptación. Docentes que no tenían ni la mínima idea de cómo enviar un correo electrónico, se vieron obligados a renunciar a la holgura acostumbrada, a los marcadores borrables y a la repetición de la repetidera.

La mayoría imaginó que el nuevo modelo consistía en elaborar extenuantes guías de estudio para que los alumnos desarrollaran en sus casas y posteriormente, mostraran evidencia de aquella actividad.

Con ello, aparecieron plazos cortos de entregas y diluvios de documentos empezaron a quebrar la paciencia y los bolsillos de padres de familia que no podían dedicarse al ocio de las tardes, debido a las guías imprevistas que se debían llevar a cabo para el siguiente día.

Sin embargo, la consternación cedió brecha a los pocos meses y muchos docentes tradicionales se amarraron bien los pantalones y las pantaletas. En la medida que se relacionaban con nuevas prácticas y herramientas de aprendizaje basadas en las tics, el terror que representaba la virtualidad terminó perdiendo cabida y al final dejó de atemorizarlos como antes.

Un creciente uso de herramientas como Zoom, Google Meet y Microsoft Team fabricaron espacios abiertos de conocimiento que permitieron interacciones un poco más humanas. Los recursos multimedia también impulsaron el aprendizaje mientras las pizarras clásicas morían de tristeza en aulas solitarias.

En la virtualidad, los niños de colegios privados tuvieron una experiencia menos caótica. Con un estudio más personalizado, debido al pequeño número de alumnos que no superan los quince asistentes por aula, se facilitó en gran manera el tránsito desde la presencialidad.

Hecho que no ocurrió en instituciones públicas, donde los involucrados pueden llegar a superar hasta los treinta estudiantes por salón y los recursos tecnológicos son equipos de cómputo desvencijados que solo utilizan los menos intrépidos para jugar ‘buscaminas’ o al ‘solitario’.

Para el próximo año, sería formidable que los alumnos desde preescolar aprendieran algún lenguaje de programación; ya que con ello se mejoran gradualmente las competencias matemáticas, la lógica y la comprensión lectora.

Además, integrar todas las asignaturas con las herramientas tics, podría incentivarlos de forma lúdica y divertida, desarrollando habilidades investigativas que de otro modo no sería posible. De esta manera, la Educación 4.0 se convertiría en un modo de vida y tendríamos jóvenes guajiros críticos, con aspiraciones mucho más allá de una simple mina de carbón, capaces para adaptarse a los cambios que nos ofrece la tecnología.

Desconozco las inversiones que la Gobernación de la Guajira ha puesto a disposición para fortalecer el ámbito tecnológico en los colegios del departamento, como también desconozco a qué santo deberíamos rezarle para lograr seducir a los mandatarios locales en este sentido; pero, el simple hecho de que pocos colegios públicos, incluyendo los etnoeducativos, al día de hoy tengan al menos un sitio web o un simple blog informativo, deja mucho que pensar para el futuro.

Cuando la cuarentena termine, quizás nuevamente se retomen las clases presenciales y ojalá los profesores veteranos aprendan otras formas de dibujar en Paint, tal vez con eso evitarían que los alumnos sigan bostezando en clase de informática.

1 COMENTARIO

  1. Excelente artículo que devela la realidad de nuestro Departamento, y a eso sumemos la indiferencia del gobierno central que se jacta de la gran inversión en tecnología, y no hay un rincón del país donde no manifiesten las falencias, que diremos nosotros? Los menos mirados!

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