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Consideré estudiar ingeniería de sistemas cinco años después de haberme graduado del Liceo Nacional Almirante Padilla, motivado, quizás, por el empujoncito divino que exigía mi economía para salir a flote rápidamente.

Sin embargo, una abrupta economía, fulminó aquel derroche de ilusión desesperado y, mucho tiempo después, a mis treinta y tres años, rendido ante los pies del ocaso lozano, decidí dedicarme a algo que realmente hiciera por pasión.

Y fue así, mientras navegaba en la red en busca de artículos de pedagogía, una noche de Murakami, tropecé con la etnoeducación, profesión considerada por muchas personas como una última opción en la lista de preferencia o como una simple invención del estado para suavizar ambiciones en las masas étnicas.

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Muy a pesar de esta vaga idea que transita en cerebros prehistóricos, la etnoeducación por sí sola, ha logrado trascender mucho más allá. Desde sus inicios, en el año 1984, aparece como un proyecto imponente liderado por el ministerio de Educación Nacional que buscaba salvaguardar las tradiciones culturales de los grupos étnicos y generar autonomía en sus currículos educativos.

Esta resistencia inmutable, originada en el mismo corazón de las comunidades étnicas, quienes desde el periodo de colonización buscaron infinidad de maneras para zafarse del lastre esclavista, me generó una admiración galopante y por ello, al mes siguiente terminé inscribiéndome en la Uuniversidad de la Guajira para cursar el primer semestre de Licenciatura en Etnoeducación. A partir de allí, la historia se cuenta sola.

En este sentido, la Universidad ofrece a los futuros etnoeducadores toda una baraja de oportunidades a través de cada línea investigativa.

El contenido de las materias desde los inicios del programa, intenta perforar en la mentalidad robusta que nos mantiene sometidos a un régimen colonialista invisible, pero, sobre todo, busca liberar el pensamiento oprimido que ha generado una ceguera permanente en las masas.

Ni hablar de los docentes. La mayoría con estudios superiores son dignos representantes del ámbito investigativo y todos tienen un quehacer impecable, pues hacen uso del espíritu avasallador en cada asignatura.

Además, poseen habilidades naturales que van desde retoricas profundas y usos prácticos de la lingüística hasta una suscitada manera de explorar las raíces mismas de la historia.

Sin embargo, no todo es color rosa y algunos estudiantes evidencian factores que parecieran ir en contra de este ímpetu arrollador de la facultad.

De ellos destacan los que esperan de la etnoeducación una oportunidad de oro que les permita lograr un nombramiento en alguna comunidad remota o quienes buscan un tránsito temporal mientras encuentran su verdadera pasión.

También hay quienes, requieren del diploma para demostrar que realmente son dignos del salario que devengan, aunque no se encuentren a la altura de la carrera ni mucho menos del conocimiento intercultural requerido.

Un día, mientras regresaba de la Universidad, a mitad de mi segundo semestre, uno de los estudiantes recién ingresados menospreciaba la poderosa arma de la etnoeducación y se refería al oficio despectivamente como “una simple profesión para los indios”. Sin mediar palabras, estuve atento a todas las frases que después fueron fabricadas y algo en los huesos me sacudió de repente.

Quizás, hace falta endurecer más el filtro para el ingreso a la licenciatura, no es cuestión de edad, ni falencias originadas por la escasa madurez en la adolescencia o por el vilo de una adultez, la realidad va mucho más allá de estas simplicidades y tiene que ver con el frágil enfoque en la mente de decenas de estudiantes, quienes ignoran donde están parados y están más interesados en acomodarse en el árbol de mejor sombra.

Después de ese promontorio banal, concluí que la Licenciatura en Etnoeducación reunía todos los requisitos para ser una profesión de talla superior y muy pocos encajan en ella. Además, pensar a estas alturas que la etnoeducación es para los ‘indios’, es como narrar fabulas de cavernícolas.

A pesar de eso, la visión sigue intacta porque los buenos somos más y la universidad de La Guajira posee un diseño curricular formidable, con docentes de trayectoria y no en vano se encuentra en proceso de acreditación.

Por lo pronto, seguiré devorando los artículos de Bonfill, Walsh y el mismo Abadio Green. En pocos meses estaré en cuarto semestre y el oficio investigativo es exigente.

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1 COMENTARIO

  1. La etnoeducscion empezó desde el año 1984 fue como un proyecto por el ministerio de Educación Nacional que buscaba salvaguardar las tradiciones culturales de los grupos étnicos .
    En este sentido la universidad ofrece a todos los etno educadores una oportunidad de oro que les permita lograr un nombramiento en una comunidad.
    La Etnoeducacion es para todos sea indígena o alijuna todos tenemos derecho de estudiar

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