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La noticia que quisiera leer y muy rápido es la del retorno a su hogar del profesor Eduardo Diazgranados, secuestrado hace varios días en zona rural de Maicao. Quienes nos movemos en los círculos de la academia y de la cultura, conocemos a Eduardo desde hace muchos años, cuando lideró la Casa de la Cultura de Maicao y fue gestor de varios proyectos que posicionaron a esta tierra como uno de los ejes del desarrollo cultural del departamento.

Eduardo es un hombre sencillo, prudente, trabajador, de esos que siempre tiene un proyecto en mente y busca amigos para llevarlos a cabo. Nunca se queda quieto ni es de los que lanzan una idea a rodar como hija huérfana y esperar que alguien la apañe y la haga suya. 

Al contrario, cuando concibe algo, él mismo busca a quién contárselo, viaja a donde hay que viajar y toca las puertas que sea necesario tocar. El resultado casi siempre es el mismo: ideas convertidas en realidad, proyectos concretados y bienestar para la gente que lo rodea.

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En Maicao se le respeta por ser un hombre de buen discurso, conciliador y de espíritu laborioso. Últimamente sus nuevos proyectos y compromisos familiares lo llevaron a estar menos afincado en el pueblo, pero con las mismas amistades de siempre. 

No volvió a estar en las luchas culturales ni en las agradables tertulias de los artistas, pero venía de vez en cuando y entonces empezaba a referir las metas de sus nuevas iniciativas.

Desde hace unos días, como lo mencionamos al principio, Eduardo Diazgranados sufre la más dura experiencia que pueda afrontar un ser humano: ser arrancado a la fuerza del seno de su familia y sometido a la privación de su libertad a través de la criminal modalidad del secuestro, un mal que se creía superado, extirpado en los tiempos del postconflicto.

Hemos pedido a Dios que tenga misericordia y permita que la familia y Eduardo vivan muy pronto la alegría del reencuentro. Tenemos derecho a vivir en un país en el que se respete la vida y las libertades de los ciudadanos, en el que podamos vivir como hermanos, en el que no tengamos que estar siempre enfrentados al riesgo de que algo malo pueda suceder.

En el que portarse bien sea el salvo conducto para disfrutar de tranquilidad de acuerdo con la máxima de que quien nada debe nada teme. Un país en el que podamos andar libremente en las ciudades y los campos sin temor a que los tentáculos del crimen nos alcancen y nos hagan daño.

Tenemos derecho a soñar con el aire puro de la libertad; con los colores resplandecientes de la paz y en el que podamos solazarnos con la sonrisa sincera de los niños y el saludo amoroso de los ancianos.

Ojalá el ángel de Dios nos permita despertarnos con la noticia de que Eduardo está en casa y goza de la compañía de los suyos; que la experiencia le ha dado una coraza renovada para afrontar los retos de los nuevos y buenos tiempos. Ojalá podamos vivir en un país donde la esperanza no sea astillada por la tiranía de la maldad y el tormento de la violencia.

Queremos que todos, Eduardo entre ellos, podamos disfrutar la percusión del viento, las pulsaciones de una guitarra y el tañido de alegres campanas en su anunciación de los tiempos de la felicidad. Que podamos abrir las ventanas del recuerdo y encontrarnos con el paisaje de la reconciliación.

Hay buenas noticias que me gustaría oír en el noticiero de la mañana o leer en el periódico del día y una de ellas es el regreso a casa de Eduardo Diazgranados.

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