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Era un domingo del mes de marzo del año 2022, el sabor salsero impregnado en las venas del viejo Teodolindo, se sentía por todo Bocagrande, un barrio de Riohacha, donde su calle principal estuvo mucho tiempo sin pavimentar, haciéndola polvorienta. En sus inicios, había que llevar los zapatos en la mano hasta la entrada de Entreríos para no dañar la embolada.

Entrando el alba, los vecinos del viejo Teo, como le decían con mucho cariño, a aquel hombre del Sur de Bolívar, que, por circunstancias del destino, llegó a la capital de La Guajira y no mostró nunca asomo de regresar a su tierra, decía siempre que esta era su patria chica y el lugar escogido para dejar enterrados sus largos huesos.

“¡Carajo Teo! te llegó el día, hoy sí te acepto como novio, mañana no”, decían entre risas las vecinas, que ya sabían de la ritualidad de ese domingo en particular. La salsa clásica hacía furor: Ismael Miranda, Héctor Lavoe, Oscar de León, Rubén Blades, Cheo Feliciano, dándoles un buen repertorio a los de la región, acostumbrados a escuchar el vallenato de la tierrita.

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A las 9:30 a. m., salió el viejo Teo a cumplir con su propósito de aquel día festivo, luciendo una guayabera blanca, pantalón de igual color y zapatos negros, todo nuevo, era el día de lucir bien elegante, por lo menos cada cuatro años.

El sacrificio que le costaba reunir para comprar la percha era bastante significativo. El viejo Teo, se dedicaba a reciclar por las calles de Riohacha, desde la entrada del día, hasta el crepúsculo, llegando cansado, pero siempre sonriéndole a la vida.

La fila era inmensa, para ingresar a la antigua sede de la Universidad, lugar donde sufragan los residentes de ese sector. Ahí, se ubicó el viejo Teo, lo miraban de arriba – abajo, como persona que nunca han visto, por lo que le caía en gracia y empezaba a moverse de un lado a otro, para que vieran sus zapatos nuevecitos y de buena marca.

Al rato, un desconocido, le insinúo un billete de COP$ 50.000 para que votara por X candidato. ¡Nojoñe! le dijo hasta del mal que iba a morir, incluso, le dio fecha y hora.

No pasó mucho tiempo, cuando se le acercó el señor Alberto, con una botella de whiskey, diciéndole: ‘tómate un trago Teo,’ por lo que aceptó no uno, sino dos y los absorbió como el café de la mañana. Al rato, le dijeron: “pilas, hay una de estas enteritas para votar por fulano”, ¡ombe! para que fue eso, los madreó y les pidió que se apartaran de su vista, que él, se jodía mucho para que nadie le comprara la conciencia.

Poco después, llegaron ofreciéndole empanadas calientes, sándwiches, hasta un bono para degustar un rico sancocho en una de las toldas que estaban a un lado de la antigua sede universitaria, por lo que, con la cabeza en alto, la movía en señal de negación, no gracias, se le escuchó decir tantas veces. 

El viejo Teo, se daba cuenta del saboteo, no solo a él, sino a las mismas elecciones. Por fin pudo entrar, llegó a la mesa donde siempre depositaba su voto, enseñó su cédula de ciudadanía, lo hacía con un orgullo, que se podría decir, era el éxtasis de aquel domingo para Teodolindo.

Su identificación pasó de mano en mano, de jurado en jurado, hasta que hubo uno de ellos, que se dignó decirle: “su cédula no aparece en esta mesa, revise las otras”.

Así lo hizo, buscó, pero no se halló. Hubo alguien que le señaló a la delegada de la Registraduría, por lo que le expuso la queja. Inmediatamente, dicha funcionaria lo atendió, hasta lograr dar con la respuesta, preguntándole: “Señor, ¿Usted es Teodolindo Leal?” sí señora le dijo. Ella, mirándolo le pronunció: “Usted está muerto, falleció de covid-19 en mayo de 2020.

Además, por eso le cancelaron COP$ 37.000.000 a la IPS “Por Tusalud”. “Estoy vivo” gritaba el viejo Teo, ‘tóqueme’ le decía. “No señor, no puedo hacer nada” dijo la delegada. Fue tanta la indignación del viejo Teo, que se infartó y murió con su percha nueva y su conciencia limpia, como los bolsillos del pantalón.

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