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Voy al chino, voy al camagüey, voy al pinto, voy al jabao, voy al papujo…

Esa noche, la sonrisa nuevamente se esbozaba en mi rostro, producto de haber ganado cuatro riñas e hiciere tablas en una. Dice el adagio popular “El que gana es quien lo goza”, lo cual era notorio en una esquina de la gallera, por las carcajadas, abrazos y el movimiento continuo de «frías van, frías vienen».

Una vez, estando los gladiadores dándose su merecido descanso y con la acostumbrada reunión plena del Comité Ejecutivo de la Cuerda de Hernández, pero sabiendo que la noche aún estaba entera, convidé a mi inseparable amigo y socio de andanza de jugar dominó. Salimos con esa energía y entusiasmo que produce la juventud. Al llegar al sitio, inmediatamente, le cambiábamos la suerte a quienes iban ganando, para esa época, ese era mi fuerte.

Corrían los años 90, un viernes por la tarde, acabando de llegar a la casa de mi hermana mayor, quien es conocida por familiares y amigos como ‘La Patrona’, estando en la sala, sonando la música de Zabaleta, deleitando unos tragos de whiskey, se escucha un pito insistente de un carro frente la puerta.

Al asomarme, me di cuenta, que era uno de sus amigos y le dije que no estaban. Su reacción fue colocarse las manos encima de la cabeza, como si repudiara su suerte. Él, necesitaba una asesoría jurídica de ipso facto.

Recuerdo advertirle, te doy la asesoría, pero la única condición es que no le digas a mi hermana ni al marido (ambos, tienen la profesión de abogado). Propuesta que fue aceptada, por lo que, finalizada esta, salió a entregar el documento y los anexos que eran pertinentes para el caso.

Regresé a Matitas, lugar de residencia en mi Guajira, enterándome que no duró una semana guardando el secreto, muy a pesar, que le fue bien jurídicamente.

Había transcurrido poco tiempo de aquel suceso, cuando volví a la casa de la patrona, viernes por la tarde, acomodado en el sofá, tomando una cerveza y escuchando mi música de siempre, la cual, es interrumpida otra vez, por el sonar del pito de un carro frente a la puerta.

Me dije: “Otro loco en problemas, no respetan los viernes”, tuve razón, igualmente, lo asesoré con la condición antes vista. Pero, más tiempo demora un perro escondiendo el hueso, que los amigos de mi hermana, guardar un secreto.

El sábado por la mañana, todo enguayabado, recibo notificación personal de la patrona para una diligencia de descargos, teniendo como sede de audiencia, el cuarto de ella y, en presencia del marido, empezó a juzgarme: “(…) Tú, ¿Por qué le das asesoría a mis amigos?

Ellos son profesionales, tú no eres abogado, tienen recursos y los puedes hacer perder mucha plata. Además, te dejo claro ¡mis amigos, no son tus amigos!  Sinceramente, me sentí ponchado con las bases llenas.

Seguí al destino, esperando encontrar caminos distintos, hasta que, con sacrificio, pude obtener el título que tanto anhelaba, lo recibí por ventanilla, no me aguantaba las ganas de tenerlo en mis manos. Ya se imaginarán, quién fue la primera persona que llamé y le dije: “Al fin, soy abogado, ya podré dar asesorías sin que me eches vainas.”

Una mañana, en la Sultana del Valle, recibo una llamada de mi hermana mayor, diciéndome: “Porfa, necesito una asesoría tuya en Derecho Administrativo, ¡la necesito urgente!” La asesoré sobre el tema que planteó y también le dije: Si quieres mayor profundización, vez donde uno de mis amigos de la Rama Judicial, dile que eres mi hermana y él, te colabora. 

Escuché un poco entrecortada su voz, al preguntarme: “¿Será que él, me atenderá?” por lo que, respondí: Te voy a dejar algo bien claro, ¡mis amigos, no son tus amigos! Soltó la risa y solo dijo, “tuno pierdes una.”

Sinceramente sentí, la saqué del estadio… Jonrón con las bases llenas.

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