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La situación política en el país es bastante compleja.Y cuando más se reflexiona en ella, más se llega al convencimiento que una doctrina socialista está tomando como nunca antes, cuerpo en gran parte de la opinión pública. Es un hablar siempre sobre los mismos temas pero es una realidad inocultable, que muchos tratan de jugar a la democracia con sofismas de distracción.

La base principal de este análisis, no está en creer, que todo lo que no está con la mayoría está en contra y no tiene ningún valor. Estos conceptos abusivos han envejecido, tienden a claudicar en la medida en que comiencen a dar muestras de un signo vital de debilitamiento frente a la solución de los problemas sociales que aquejan a la comunidad.

Ya lo indicábamos con anterioridad. Pero el tema merece la pena de añadir algunas precisiones; pues, en fin de cuentas, nada de todo ello es inaudito. Algunos críticos mal inclinados podrían asombrarse de que muchos colombianos con ellos, hayan hecho tantos esfuerzos para llevar al país a esta situación tan llena de toda clase de insólitas encrucijadas.

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Pero, en primer lugar, no es del todo necesario que las doctrinas políticas sean peripecias nuevas no muy originales. La política no tiene nada que hacer con la idiosincrasia. Los propósitos personales son complicados en detalle, pero sencillos en su principio. Puede hacerse bien la justicia social sin una ontología metódica e ingeniosa.

Existen algunas realidades de sentido común, sencillas que se llaman intuición, eficacia y desinterés. En este sentido querer hacer cosas nuevas a toda costa es a corto plazo, cuando los asuntos de nuestra sociedad deben ser puestos en orden.

En segundo lugar, los dogmas no son eficaces por su novedad, sino sólo por la fuerza que arrastra consigo y por el esfuerzo de las personas que la sirven. Es difícil saber qué partido o movimiento teórico, ha representado en nuestro sociedad, en la práctica beneficio que demuestren dar una expresión para aliviar la impaciencia y la fiebre de justicia que la aqueja para un cambio que la anima.

Finalmente, es tal vez en nombre de una idea disminuida de la clase obrera, como se llega a estar casi de plano convencido para creer, que el hecho de una lucha redundante y contumaz, para el cambio en la forma de gobierno, por voluntad popular, sería inútil. Todos hemos conocido eso. Y es cierto que sería necesario rechazar por igual la mentira y la debilidad.

No se propone la fútil cuestión del progreso, pero está persuadido de que la suerte de la clase artesanal, jornalera, braceros, peón, asalariado, sigue estando en las mismas manos de la clase proletaria.

Quisiéramos disipar algunos equívocos. Es evidente que los partidos y nuevos movimientos políticos no han respondido a las exigencias que de ellos esperaba el país. Existe un gobierno que necesita reformarse.

Y que los partidos que lo apoyan y los que se sientan de acuerdo con ellos, conserven intactas las bases esenciales para gobernar sin reserva, fundamentando sus decisiones en las disposiciones constitucionales, en las leyes y demás normas legales vigentes.

Pues si los partidos tradicionales quieren reformarse, no lo harán únicamente llamando a sus filas a los jóvenes de la nueva generación, que empiezan a tomar conciencia del rumbo de la nación.

Esa es voluntad de ellos mismos el incorporarse totalmente a sus orientaciones y compromisos sociales. Y eso será lo que es nuevo para una transformación en las relaciones sociales, políticas y económicas en el país.

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