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Los recientes fenómenos climáticos han dejado variados estragos en distintas zonas del país, tales como, inundaciones, pérdidas humanas y materiales, desastres que demandan en muchos casos, iniciar nuevos caminos en procura de adquisiciones, incluso de ánimo para la vida. Las marcadas consecuencias de padecimientos por parte de la población, resultan evidentes en municipios como Uribia en La Guajira, y otras ciudades de nuestro país, incluso del mundo.

Lo cierto es que la percepción frente a los estragos, podrían en primer plano hacerlos ver como hechos sujetos a la “voluntad” de la naturaleza, consecuencias externas al comportamiento del hombre imposibles de evitar, y eso en cierta forma puede ser así. Resulta innegable que las “fuerzas” de la tierra operan en ocasiones en extremo, de tal forma que los resultados negativos se hacen ver en todos los puntos del hemisferio.

Durante los últimos años, los cambios y efectos climáticos han sido constantes, bien sea por lluvias o sequías, o por “manifestaciones” de la tierra, que, al margen de venir de su actividad, no dejan de ser un llamado a nuestra precaución y consciencia.

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Los seres humanos somos quienes en interacción con su medio, han demostrado la capacidad de transformación a grandes escalas, incluso por factores económicos contrarios a un principio universal de convivencia pacífica y armónica con el ecosistema en el que nos desenvolvemos.

Ese poder y ambición de crecimiento, han justificado discursos de negación o acciones tibias, que la mente de cualquier hombre con sentido de armonía con su entorno le llevaría al rechazo, sin embargo, las líneas de intereses de nuestra sociedad y falta de consciencia, han conducido las ideas de progreso en vías contrarias al del bienestar y “paz” con la tierra.

Muchas veces el discurso de intereses proteccionista y atinentes a la relevancia del medio ambiente, no va en disposición de las acciones, se quedan en meras cifras, datos y justificaciones fantasiosas que parecen ser más paños de agua ante un “cuerpo” que reclama medidas más precisas y fuertes.

Podemos ver, por ejemplo, en el caso colombiano, que se puede concluir tener una carta superior, que de un lado del prisma resulta interesada con la protección del medio ambiente, pero también se marca un contexto económico que en algún punto del camino determinarán intereses contrarios, y allí está la materialización de la voluntad en uno u otro sendero.

Tenemos toda una estructura normativa, abundante por demás en acciones y métodos de protección, aspectos no menores, que con una robusta institucionalidad con dedicación exclusiva a esos fines ambientalistas, podrían ser suficientes en garantía de su importancia.

Corporaciones autónomas, Entidades Nacionales y territoriales, que en su organización han sido absorbidas por la burocracia ligadas a intereses partidistas y patrimoniales, y en nada muestran verdaderas políticas de seguimiento y mejoras, quedándose en acciones frías, marcadas en fotos que justifican las pautas para pagar contratos, y gastos de dineros más en estudios que acciones, los cuales se quedan en lindas letras, sin atender el verdadero espíritu de sus propósitos.

Pero no solo es una opacidad institucional, existe de nuestra parte falta de vocación y consciencia en entender como propio este espacio en el que habitamos. Los colombianos debemos obedecer entre otros marcos, el consignado en el artículo 95 superior, en particular el numeral 8.

Es un hecho innegable que la naturaleza desborda su fuerza, y con ello las tristes consecuencias para nuestros hermanos, pero no menos cierto, es que nuestra falta de planificación y proyección de los territorios habitados, donde la construcción desmedida y el interés económico marca la pauta, incluso por encima de espacios que le pertenecen a la naturaleza, han hecho mayúsculos los efectos de esa fuerza.

La verdadera actitud ante predicados de “amigabilidad” con el ambiente conllevan de nuestra parte un ejercicio de armonía con la naturaleza, desde un simpe acto de no arrojar papel en las calles, hasta ser más exigentes en la planificación y acciones focalizadas al problema real por parte de las autoridades, y por parte de estas, una mirada sincera y desprovista de intereses ajenos al predicado verdadero de sus funciones.

La naturaleza en toda la amplitud de su entendido, nos llama a comportarnos como seres racionales, asimilando que este espacio es nuestro único y verdadero refugio en el universo, y resulta estúpido que prefieras el interés económico, aunque ello cueste el bienestar del hermano con quien compartes de una u otra forma este Mundo. Piensa que al final, en 10, 100 o 1000 años alguien terminará pagando las consecuencias.