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Al recordar con el fervor y devoción que recibieron la mayoría de los colombianos, la firma por los acuerdos de paz con las Farc en un sentido nacional en la esperanza, de asentar al país sobre una base social más justa, eran las dos cosas que implícitamente prometía -y así lo entendía el pueblo-, al considerar que lo establecido en los diálogos de Oslo y lo acordado en la Habana y finalmente firmado en Bogotá el 24 de Agosto de 2016, sería un día para la historia.

Ahora bien. Valdría con nostalgia preguntar: ¿Lo acordado se ha realizado como se firmó? ¿Nos han devuelto el gozoso sentido nacional? ¿Nos han devuelto con estos acuerdo un país de todos con paz y justicia social?

Resultaría innecesario escribir de lo que nos ha dividido, de los que nos han vejado, de lo que nos han perseguido, de lo que absurdamente nos han lanzado con odios unos contra los otros, con más agresividad en esta fratricida lucha, después de la «firma de los acuerdos de paz», que con tantos esfuerzos otros gobiernos anteriores, habían buscando una salida a un conflicto, que por intransigencia y sectarismo de los partidos tradicionales y nuevos movimientos políticos, nos da la impresión no tiene solución aparente o conocida. 

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Resultaría largo de explicar los incontables errores de parte y parte cometidos acumulados, por los que defienden el proceso de paz y los que quieren volverlo trizas. Solo quiero señalar el engaño que el gobierno anterior con el apoyo de un Congreso con una mayoría arrolladora de congresistas enmermelados comprometidos con los acuerdos, se realizó una serie de modificaciones a la Constitución Política, en su talante personal para su propio beneficios.

Pues de haber aceptado las objeciones efectuadas a los acuerdos, en el momento en que el plebiscito fue ganado por el NO, es posible que muchos de los problemas que afronta el actual gobierno heredado del anterior, por el beneficio que al repartir como en una piñata, promesas a las Farc, que con pleno conocimiento sabía muy difícil cumplir en su totalidad.

En esas circunstancias, con la urgencia requerida por quienes hicieron dejación de las armas en su lucha revolucionaria, pues su único interés era lograr a todo costo un desprestigiado «premio Nobel de la Paz», al firmar el pacto con los desmovilizados mayoritarios de los Frentes de las Farc Ep, hoy movimiento político Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común.

Si se tiene la seria voluntad de impedir que lleguen los resultados previstos en el vaticinio de los agoreros fatídicos, no hay más remedio que revisar los acuerdos de la Habana, desmontando el armatroste de funcionamiento inoperante, dejando todo lo positivo que tiene el acuerdo -existen muchos- y con la participación de delegados respetables dentro de la oposición que defiende los acuerdos en su totalidad; y de los partidos que proponen una revisión para modificar lo imposible de cumplir, en la fantasía como fueron aprobados, por conveniencias partidistas los acuerdos.

Es posible que muchos, seguirán diciendo que el acuerdo es intocable, por mandato constitucional en mucha de sus partes.  Y que querer desmontarlo para sustituirlo por otro, es satisfacer la vanidad de poder de quienes intentan imponer en el país, una forma autocrática y despótica de gobernar.

Están en su derecho de opinar según su ideología, pero eso en manera alguna impide que quienes consideren que Colombia es una República Unitaria con un Estado Social de Derechos, y que su forma de gobierno está regido dentro de un sistema democrático, el menos malo de la forma de gobernar imperante en el mundo.

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