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Fidel desde la última vez que tuvo compañía hasta el día en que su mirada se alargó en ese camino labrado sobre la hierba, no articulaba mayores palabras que aquellas esporádicas que tenía con sus gatos, las cuales acompañada de una caricia más que prudente sobre la cabeza o la cola, ese se había convertido en su contacto más cariñoso. Su vida se había vuelto rutinaria, repasando las ideas que en algún momento le dieron prestigio, solvencia, pero sobre todo poder.

Los tiempos de la pandemia y de las medidas adoptadas por los estados, habían flaqueado la economía, más las de mercado, donde la fluctuación entre la oferta y la demanda constituyen, porque no decirlo, un elemento esencial de nuestra sociedad, “este virus ha dejado al descubierto todas las flaquezas, de un sistema en donde la humanidad queda rezagada al interés exagerado de quienes acumulan grandes riquezas, pero eso no se puede decir abiertamente sin que te tilden de ser un hombre de extremos, y no habrá quien se rasgue las vestiduras” pensaba en solitario Fidel.

Luego de la quiebra en su negocio Fidel se radicó en Villanueva (La Guajira) un poco lejano del casco urbano en inmediaciones más cerca a lo rural, en las laderas de las montañas al punto que no muy lejos de su casa rudimentaria en madera, podía cultivar y cosechar su propio café.

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Sus días iniciaban muy temprano, sus pasos acelerados cada mañana desde esos lugares solitarios donde podía contemplar algunas luces del pueblo, le agradaba en su camino observar el humo que se desprendía de algunas cocinas que aún le permitían creer en el pasado como una proyección ajustada de su futuro y que su presente no fuera más que una estación necesaria.

En su recorrido diario debía cruzar la plaza principal, de vez en cuando reposaba al medio día en el frondoso árbol al lado de la tarima diagonal a la iglesia, acompañaba su descanso con un café caliente, de hecho a pesar de las altas temperaturas creía que el calor de su cuerpo podía ser expulsado con el calor y aroma de la bebida, era una costumbre sobre la fragilidad de sus días de gloria.

Eran días de ida y vuelta, y entre los pasos solo existían tareas menudas con las cuales Fidel obtenía lo necesario para seguir en pie, los pocos ahorros se habían ido con las cosas básicas de su casa, y curiosamente sus gatos en algunos días comían mejor que él, era su compromiso con el pasado.

En un viernes de septiembre de regreso a casa, cuando se alejaba del pueblo y retornaba a su soledad, Fidel recordó a Paola y su curiosa despedida, ya hacía casi un año, cuando en la terminal antes de abordar el Bus, recibió un libro y acercándose al oído ella le dijo “mis ganas por ti pueden irse con el tiquete y ese libro” él la miró y dio sin saberlo el último beso.

Fidel en esa tarde llego a la casa y bajo la luz en su lámpara de queroseno, tomó el taburete y lo inclinó sobre la pared rudimentaria que hacía las veces de fachada, en su pocillo de peltre algo astillado tenía un poco de café con granos boyantes, contempló las luces lejanas del pueblo, de la alacena rudimentaria que acompañaba el paisaje externo de la casa, tomó el libro con el cual Paola se despidió de él.

Pretendía volver a leer la nota dejada por ella en el libro de ese autor cubano poco conocido, antes recordó lo mucho que le gustaba que el tomara su cabello como un peine de dedos de una manera suave y metódica; fue a la página 3 donde estaban además de las dedicatorias del autor, la nota “que la inmensidad de nuestro sentimiento sea tan infinita como la del cosmos, aunque no lo conozcamos en su plenitud” lo volvió a cerrar y mirar las luces lejanas.

Una de las gatas se acercó a Fidel reclamando una caricia al rosar su cuerpo sobre la pierna delgada, la miró y ella decidió subir sobre su muslo, entonces ambos estaban sin quererlo mirando la luz distante pero bajo el abrigo de una brisa fresca, como si ese fuera el universo al que quedaron limitadas sus vidas.