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Hace varios días estuve presente durante la visita de la Ministra de Ciencias, Tecnología e innovación, la bióloga chocoana Mabel Gisela Torres Torres, en las instalaciones Sena industrial de la ciudad de Riohacha, en el marco de la estrategia Ruta Territorial, que, entre otras cosas, busca concertar y promover alianzas en aras de fortalecer el desarrollo investigativo de nuestro país.

Dicho encuentro coincidió de golpe con la quinta semana que llevaba en vigilia tratando de construir un artículo sobre el quiebre de la hegemonía carbonífera en La Guajira y los estragos de un mineral que a muchos habría empobrecido el espíritu y las agallas.

En el recinto improvisado a un lado del estacionamiento, debajo de carpas y monstruosos ventiladores tratando de espantar el sopor de la mañana, la Ministra argumentaba con contundencia la necesidad de fortalecer el ámbito científico en La Guajira y construir espacios de innovación y emprendimiento para los jóvenes. A un lado quedaron los años de confort que ofrecía la extracción de carbón y la bonanza de una compañía extranjera que durante años mutiló el corazón del departamento.

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Aquel huracán multinacional que a su paso dejó comunidades indígenas azotadas por el polvillo del mineral, graves enfermedades pulmonares, vastas extensiones de tierra desfragmentadas y el imaginario de un río que alguna vez tuvo un cauce formidable, comenzaba a fracturarse.

En los años noventa, cuando salió el primer embarque de carbón de La Guajira, nadie imaginaba que lo peor estaba por venir y sin saberlo, la hegemonía del mineral hizo de las suyas en una tierra olvidada por el gobierno nacional, donde herencias de apellidos se han sorteado su destino durante décadas, obligando, de esta manera, a que la región se prostituya sin ningún remordimiento ante cada político de turno.

Fue así, como generaciones interminables se estancaron en la idea de un porvenir eterno a costa de una actividad económica enferma de infortunios. Allí, en esa comodidad, parrandas interminables y una vida de excesos, el espíritu innovador de varias generaciones quedaron reducidos a arduas jornadas laborales y la ruta inmutable de un bus repartidor que recorre año tras año las mismas carreteras polvorientas y las mismas calles pavimentadas de la ciudad.

Uno de esos días, la noticia que anunciaba la reducción en las exportaciones del carbón cayó como un balde agua fría a miles de empleados jóvenes y veteranos que, lastimosamente, no habían hecho más nada en su vida que prepararse para excavar carbón en el Cerrejón. La Ministra no hizo énfasis en eso, pero advirtió que se avecinaban buenos tiempos para La Guajira.

En su discurso incluyó la idea de potenciar la energía eólica y aprovechar la energía no convencional abundante en el norte del Departamento. También comunicó sobre la iniciativa nacional que buscaba construir un Centro de Investigación de Energía Renovable no Convencionales articulado al Sena, con el fin de formar jóvenes científicos capaces de aportar al campo de las investigaciones energéticas.

Algunos pensaron que en la visita de la Ministra se formularía algún proyecto económico para dotar con equipos de cómputos y tablets a miles de “niños imaginarios” que no existían en la base de datos de registraduría nacional. Sin embargo, no se habló de eso, ni de contratos millonarios para llevar internet gratuito, a costa de elevados insumos tecnológicos, como están acostumbrados los gobernantes locales para dilapidar los recursos que se redireccionan desde Bogotá.

Incluso, la misma visita de la Ministra, a lo mejor, desilusionó a muchos. Imaginaron que se trataría de una mujer complicada, exigiendo que sostuvieran un paraguas detrás de ella para disminuir el sopor del sol, vestida de Prada o de Gucci, pero no fue así. Era una negra brillante, cordial, sencilla, con un afro bien logrado que llevaba con orgullo en el alma.

Estuvo expuesta al sol durante un tiempo esperando su turno para intervenir, mientras discursos bien elaborados fulminaban los parlantes y súbditos de cada bando ovacionaban con fervor. Cuando pronunció aquellas palabras, como buen guajiro, el alma se me vino al cuerpo porque siempre he pensado que en La Guajira no todo es carbón y es hora de que nuevamente “recobremos las agallas”.

El discurso de una mujer afro que habla de avances científicos, hidro energía, energía no convencional, en una región donde el sueño de muchos jóvenes se limita a la extracción de carbón y conducir camiones de carga pesada, intenta socavar en la mentalidad conformista que hemos adquirido desde que inició la fiebre del carbón en el departamento, pero vivimos en La Guajira, la tierra del nunca jamás.

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