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Decía Aristóteles, como tres siglos antes de Cristo, que el hombre era un ser político por naturaleza. Y es que el concepto de política viene de la palabra griega ‘polis’ que designa lo referente a la ciudad, al ciudadano, a lo civil y a lo público. El término ‘polis’ lo utilizaban los griegos para referirse a la comunidad integrada por un conjunto de hombres que residían en un territorio y el cual era regido por un gobierno propio. Por ahí comenzó lo que hoy se conoce como la política.

Política es eso: Una actividad humana realizada en un entorno social que debe tener como base legitimadora su función de ordenamiento en busca del bien común. Allí convergen los contenidos de la política tales como gobierno, dirección y poder. Regular y coordinar la vida social a través del orden y la justicia para alcanzar el bien común con la participación ciudadana, son los objetivos de la política.

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Pero cuando los objetivos de la política se trastocan y se van por las cañerías de aguas negras aparece la politiquería. Es como si en vez de quedarnos con la esencia, optáramos por los desechos. Aristóteles tenía razón porque todos, por naturaleza, participamos así sea desde la sociedad civil sobre el gobierno, sobre el poder y sobre las maneras de alcanzar los fines sociales, y eso es ser político. Lo que no previó el filósofo fue la degeneración de la política, es decir, la politiquería. La que se funda en el interés particular y no en el bien público.

Politiquería que también se encuentra, por lógica, en lo que llamamos partidos políticos cuando estos, dejan atrás el sustento ideológico y abrazan el clientelismo casi como una religión. Para ser reconocido como partido político en Colombia solo se requiere tener cierto número de representantes en el congreso. No importa el cómo hayan sido obtenidos los votos ni si obedecen a una forma de pensamiento o de acción alrededor del gobierno o de la ciudadanía. El soporte ideológico es lo de menos y por eso caen en las garras de la corrupción.

Por eso, la generalidad de los partidos políticos en Colombia obedecen a la lógica clientelista: Buscan el poder para sí y no para el bien de la sociedad. Por eso funcionan igual. ¿Encuentra alguien alguna diferencia entre, por ejemplo, Cambio Radical y el Partido de la U? ¿O entre el Centro Democrático y el Conservatismo? No hay diferencias distintas al número de integrantes de cada colectividad en las cámaras legislativas que al fin y al cabo les da diferente peso a la hora de la mermelada. Solo eso. Asumen posiciones iguales porque son iguales.

Y lo que pasa en el nivel central se replica en las regiones. Se conforman grupos políticos con el único fin de apropiarse del gobierno local y distribuirlo entre sus integrantes ya sea en forma de burocracia o en forma de contratos. El objetivo, así no se diga, es el presupuesto público. En La Guajira al presupuesto público le llaman ‘regalías’.

Y da igual quienes conformen equipo porque el objetivo siempre está claro. No importa si antes eran azules y ahora se tiñen de rojo. En La Guajira se dieron casos de directivos burócratas, exfuncionarios públicos a nombre del Partido Conservador, que al siguiente año eran directivos de Cambio Radical. Nada raro porque funcionan igual. También existen grupos de amigos que se alían simplemente para ir por el presupuesto….y lo logran así sea abudineando.  

Es la política vuelta politiquería. Lo que antes era una virtud ahora se ha vuelto objeto de patrañas. Con razón las encuestas de opinión muestran a la ‘clase política’ en tan bajos niveles de aceptación. Es que la gente cree que política y politiquería es lo mismo y no entiende que la segunda es la degeneración de la primera.

Si repasamos un poco nuestra historia encontramos que el denominado Frente Nacional, cuando dos jefes nacionales uno liberal y otro conservador resolvieron repartirse el país, puede considerarse como la raíz de la inmensa ola de clientelismo que arropa a nuestras instituciones. Se turnaron el acceso al poder, le pusieron milimetría a la burocracia y se proscribieron partidos no afectos que fueron a engrosar el movimiento guerrillero.

Durante ese período no importaba ganar elecciones porque al fin y al cabo había milimetría en la repartición burocrática y los partidos se desdibujaron. Allí era más importante tener amigos o clientes, antes que copartidarios. Así seguimos hasta el día de hoy, cuando lo que les interesa es tener amigos que les den participación burocrática o económica a través de la contratación pública. Clientelismo en toda su extensión, donde la ideología es lo de menos.

De cualquier manera, sea como sea, tendremos que exigir cuentas a quienes hemos dado nuestro voto. El problema radica en que los partidos reparten ‘avales’ sin responsabilidades y el inerme ciudadano vota por el que cree menos malo o por el que considera más cercano o por el que le entregue un ladrillo o por el que le promete un empleo o un contrato, o en últimas, por el que le suelte un billetico.

Problema, porque no está claro a quién reclamar, y problema, porque no hemos sido capaces de rechazar la politiquería, que no rinde cuentas.

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