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La fragmentación de la sociedad comporta en su elemento más simple la idea que lo sucedido a un individuo en ella, es un hecho que solo implica un interés o una tragedia para él, o sus allegados. Idea que por supuesto resulta equivocada, en tanto la sociedad es el conjunto de todo, cuya organización básica es la familia, para llegar a la más estructurada como es el Estado, así cualquier vicio en la cadena resulta, un hecho que conlleva una reacción en cualquier otro extremo.

Por esto los padecimientos y sufrimientos de un niño en esa organización, podrían representar mañana, el maltrato, discriminación, o acoso en otra niña, cuyas bases le mostraron una sociedad, con postulados de buenas ideas, anhelos por la vida, truncados o desinflados por aquel niño que mañana será el hombre que la conozca.

Cada día la humanidad está expuesta a hechos, ejemplos y datos, que ponen en vilo el buen rumbo de esta sociedad, más cuando pensamos que el mal o sufrimiento ajeno, nunca podría tocarme, olvidando que por simple física, o por la simple idea que compartimos un espacio, algunas veces más amplio, algunas veces más reducido, esa idea sería equivocada.

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Cuántas personas han dedicado sus vidas a enriquecer las vidas de otros en este espacio, y en todos los tiempos, sacrificando sus espacios, sus tiempos, y hasta su felicidad, dejando obras, textos, canciones, y mensajes que deberían llevarnos a un propósito más común, por lo menos entender que el mal ajeno, puede ser en algún momento, mi mal, o el de mi hijo, o mi amigo, o simplemente una “falla” en esta sociedad de la que hago parte.

Es como pensar que niños y niñas se mueran literalmente de hambre en La Guajira y que ello en algún momento, nos llevó a rasgarnos las vestiduras, a maldecir al Gobierno, hasta tanto la noticia del momento nos lo precisó, o la cifra mentirosa nos tranquilice, y después quién pregunta por ellos, o quién hizo algo por ellos.

En estos días tratando de encontrar algunas líneas que me ayudaran a conciliar el sueño, encontré un texto y lo volví a leer, en ellas se dice:

“A menudo caen hombres muertos en la calle, y allí se quedan. Entonces todos los comerciantes abren sus puertas, adornadas con sus mercaderías, acuden ágilmente, introducen al muerto en alguna casa y reaparecen con la sonrisa en los labios y en los ojos, diciendo: “Buenos días…, el cielo está gris…, he vendido muchos pañuelos de seda…; sí, la guerra”.

Fue Kafka, que en vez de hacerme conciliar el sueño, me recordó la vida de unos jóvenes que sin aparente razón se han ido de este espacio, espero no de las mentes. Jóvenes, con cualquier defecto, pero de seguro anclados en el corazón de otros seres humanos, jóvenes que quizás están lejos de niños que mueren de hambre, pero cerca de su suerte en el olvido.

Cuando seis jóvenes son asesinados, y lo relevante es preguntar sobre su acatamiento en la cuarentena, implica que algo estamos haciendo mal, ¿a dónde miran nuestros ojos, cuáles son nuestros intereses y preguntas?, dónde esta nuestro sentido de humanidad.

O retomamos nuestro propósito como sociedad o seremos los comerciantes del escritor citado, y los jóvenes serán olvidados en una noticia que no los evoca, en un tuit que no los anuncia, o un hashtag que no los haga tendencia.

Antes que el olvido llegue, para ellos y sus familias, a ese pueblo, y todos los pueblos que han vuelto a sufrir el odio de este país, perdón de antemano.

Perdón, no tanto por lo que les hicieron, sino por volver a ser un país ciego e ignorante, porque una sociedad cuyos números teñidos de rojo en las últimas semanas, debieran hacernos limpiar el vidrio, y poder ver más allá de la suerte de un hombre, que, ante cualquier discurso salvador, no es más que otro hombre, mientras que jóvenes con ideas y quizás destinados a aportar más que discursos mentirosos, se han ido por deseos cobardes.

La fuerza de la democracia, no está en miramientos y números que son puestos como verdades de momento; no se predica como quien predica ser el mejor del mundo cuando se mide ante un débil, la verdadera fuerza está en la consciencia y memoria de su sociedad, no para despertar los fantasmas de nuestro pasado, es trasmitir el valor a nuestro futuro, por ello a ustedes muchachos, desde el norte para el sur, un perdón por el tiempo que se han perdido.

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