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Este interrogante lo dejamos planteado en la columna anterior como una incógnita que emana de la queja y el lamento para terminar configurada como una conducta descrita neurolingüísticamente conocida como el estudio del comportamiento del ser humano que permite la comprensión de la individualidad de cada ser, sus necesidades únicas y conjuntas y, por supuesto, el logro de objetivos a través del desarrollo de habilidades, como el autoanálisis y los cambios actitudinales para dar sentido al “pensamiento autónomo”.

Es importante resaltar en este interrogante inicial ‘la crítica’, como un elemento de alineación que tiene como característica dos enfoques conocidos; “la decadencia y la edificación”, con un valor adicional que puede dar afirmación a una intención de acuerdo al enfoque que en la mayoría de las veces resulta equívoca en la “utilidad y la intención”.

Para comprender lo dicho parto de fases descritas en la cotidianidad; “no tienes ni idea de lo que estás hablando”, “lo que estás diciendo es una barbaridad”, “no sabes hacer nada bien”, o “aquí la gente no sirve para nada”.

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Esta manera de criticar se constituye en una forma de decadencia que por su utilidad solo sirve para aniquilar el comportamiento de habilidades y creatividad del ser humano en su rol social. Pudiéramos decir que la crítica es una moneda de dos caras, porque de esta misma forma podemos afirmar con la “edificación” en la creación de una acción, por ejemplo; “la naturaleza nos ha dado dos oídos y una boca para enseñarnos que vale más oír que hablar” o “si no conviene, no lo hagas; si no es verdad no lo digas”.

Esta manera de mirarnos y valorarnos debe constituirse en una edificación del “pensamiento autónomo” que sirva como “propulsor” para tener una intervención de la riqueza silvestre que ha rodeado a los guajiros y que está justificada en las fuentes de creación e inspiración del territorio.

Este es un momento para pensar y construir un modelo educativo que de aplicación dual; para la casa y la escuela, que a su vez despierte el valor por lo nuestro ya que tanta riqueza solo es posible verla y disfrutarla si somos consientes que en la formación está la clave.

En la columna pasada señalamos el 2034, como punto final de la operación minera y el interrogante de qué hacer con la infraestructura existente, hoy quiero recordar una parte de nuestra degenerada realidad no justificada en riquezas de origen mineral.

Esta nace de la fuente de inspiración de una cotidianidad llamada juglería, enraizada en el ADN del guajiro, desentrañada en la visión del hombre Caribe que tiene raíces afro-indígenas, reconocidas en su origen, como canto lírico descifrado por “juglares” el cual hoy hace parte de una marca de ciudad que acogió esta riqueza silvestre no valorada en La Guajira, que hoy es acreditada como vallenato.

Los guajiros hoy tenemos que pedir prestado la marca de un producto vernáculo como es el vallenato para alimentar el espíritu de la melancolía interpretada en alegría y tristezas por ser en aquel entonces una riqueza inculta que en la actualidad sigue alimentada de fuentes vivas de intérpretes y compositores guajiros, pero que tiene un dueño que la apropio y patento, hasta llevar a hacer una marca de territorio reconociendo a Valledupar como “la capital mundial del vallenato”.

“¿Qué más tenemos que perder los guajiros para valorar lo que somos?” ¿Cuánto más tenemos que alimentar la decadencia? ¿De qué manera podemos utilizar de escalera la crítica inútil y aniquiladora?, para mostrarnos de acuerdo, en las habilidades el autoanálisis orientado en el pensamiento autónomo, para salvaguardar nuestra riqueza y evitar que la creatividad e innovación nos lleguen con marcas registradas de otros lugares como nos pasó con el vallenato.

¿Qué hacer hoy? ¿Para qué la energía renovable? La productividad futura de la plataforma que nos ha de dejar la pos-minería extractiva, que sumada a la belleza costera se han de convertir en una mina de oro para ser explotada a futuro a mayor escala.

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