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Es innegable que nuestra mala costumbre de interponer las pasiones, de reaccionar con ímpetu ante los eventos, de juzgar a priori, de generalizar, sobre todo olvidando que estamos en un mundo cambiante y que nada es estático, nos lleva a cometer enormes injusticias; situaciones en las que a veces no separamos las pasiones de la razón, y de eso, hay incontables y actuales ejemplos.

Las reflexiones personales que esta pandemia nos ha debido dejar a cada uno, desde nuestra fe o creencia con relación a lo verdaderamente importante y valioso, esa cuota de paz y armonía que en la teoría debía obtenerse como aspecto a rescatar de esta innegable pesadilla que ha ocasionado dolor e impotencia en el mundo entero, no se compadecen con la realidad de tanta oscuridad que aún reina en muchos corazones.

No perdemos la costumbre de generalizar al momento de emitir juicios sobre el actuar ajeno, pero nos sentimos con el derecho de reclamar clemencia y comprensión absoluta para los propios errores, y es así, como en el país se ha degradado la imagen de una institución que representa el orden y la seguridad nacional por el comportamiento de algunos miembros de la Policía Nacional, aclaro, que ningún miembro de mi familia pertenece o ha pertenecido a esa entidad, es simple razón.

La ausencia de políticas públicas coherentes y concertadas sin perder la autoridad que reside en el ejecutivo, conlleva a que se trate de improvisar cada vez que ocurre un evento de trascendencia, y es ahí como todos los poderes del Estado, incluidos los medios de comunicación se abrogan la facultad de proponer cambios en las instituciones, en las leyes, con aumento de penas, crear delitos, y en general la ciudadanía borra de la mente todo lo bueno.

Eso no es malo, lo que considero es que rayamos en la injusticia cuando exigimos equidad a partir del desconocimiento que las instituciones tanto públicas como privadas, están formadas por seres humanos, por personas falibles como lo somos todos, algunos con escasa formación académica, pero mucha “palanca”, otros con poco talento, pero bien “agarrados”, otros sin el perfil adecuado, pero con “respaldo”, y también, algunas, por personas competentes.

Todos tenemos la posibilidad de fallar, y lo que es peor, la línea delgada que existe entre ser correcto y convertirse en un delincuente, es decir, cometer un delito es una exposición para todos, por nuestros impulsos, complejos, bajas pasiones, traumas, ira, error, intenso dolor, etc.; sean aceptadas o no nuestras razones por la sociedad, lo real es que a veces reaccionamos de una manera ante situaciones que ocasionan una sorpresa propia, ¡inclusive!

Los abogados honestos, responsables y dedicados a nuestra profesión, nos sentimos dolidos cuando la mala fama lleva a escuchar tantos improperios, sentimos pena ajena, así creo se sienten los periodistas objetivos que escuchan decir que “son de estómago”, ni qué decir de los profesionales de la salud que en medio de esta pandemia han tenido que sufrir calumnias que van desde que se enriquecen por cada enfermo del covid-19 hasta agresiones en sus personas y bienes.

Cualquier profesión u oficio, puede sufrir el estigma de una generalización, justamente porque los seres humanos cometemos errores, que como en el caso del colega de Bogotá, no solo son irreparables, sino que su reproche aumenta en la medida que el delito lo cometieron miembros de una institución que debe proteger la integridad de los ciudadanos, y con sevicia, le quitaron la vida.

Pero de ahí, a juzgarlos a todos por igual, es realmente irracional, como lo es el hecho de destruir la infraestructura de las ciudades en señal de protesta, aprovechando para sacar algunos su provecho político de este dolor de patria. Qué triste realidad la que estamos viviendo, realmente parece peor que la pandemia misma, porque es la destrucción de los corazones de personas, con consecuencias irremediables en algunos casos.

Es preciso no dejar que nuestras pasiones nos nublen la razón y justamente cuando emitamos nuestros conceptos, tratemos de ser más objetivos y repasemos así sea por cultura general, la constitución nacional, para evitar que olvidemos que es para todos, y que la justicia que reclamamos, debemos aprender a ofrecerla. Suele en nuestra península de La Guajira, que frente a estas circunstancias no se presenten desmanes, pero sí acostumbramos a hacer leña del árbol caído.

Forma parte de nuestra costumbre apartar la justicia y decir a boca llena “a lo tuyo tú, con razón o sin ella”, y solo exigimos justicia cuando es uno de los nuestros la víctima del otro, aspecto que muchos escudamos en nuestra cultura, o propio de nuestra raza bravía, pero que solo es una muestra de cuánto unas veces alejamos nuestra razón cuando nos es conveniente.

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