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A las dos y treinta de la tarde el panorama en la cocina era desalentador. Desde hace algunas semanas, los calderos sin brillo permanecían colgados en los clavos que perforan la pared y los platos intentan sobrevivir a la catástrofe, mientras hurgaban en la memoria el sabor perdido de una buena carne en bistec o la exquisitez de un guiso de chivo con coco de otros tiempos. Ese día, el hambre volvía a hacer de las suyas.

Para mitigar el dolor en el estómago, todos coincidieron que los mangos tenían la facultad natural para engañar el paladar y eludir la dura realidad que los increpaba.

Debido a todas aquellas contrariedades, el hijo menor se trepó al árbol y devoró tantos mangos verdes como le fue posible. Desde abajo, su padre atrapaba algunos otros especímenes dorados que su otro hijo mayor le lanzaba con cierta dificultad. Al paso de las horas, las mínimas aspiraciones reducían las posibilidades que tenían para devorar un buen plato de arroz blanco o cualquier invención divina en el almuerzo.

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Sin embargo, cuando llegaron a la casa, la magia femenina había logrado juntar varios puñados de arroz de los recipientes de plástico y resultó un espléndido almuerzo exprés con huevo perico y tajadas de plátano maduro. Nuevamente un milagro había ahuyentado a los mismísimos demonios del hambre.

Desde que agudizó la cuarentena en Riohacha, la rutina básica de alimentarse suponía un desafío aciago todos los días y no era para menos. Por políticas del gobierno, el tránsito de las personas empezó a obedecer el juego de números que determinaba el flujo humano en las calles principales y los almacenes de abastecimiento. Como si fuese cuestión de la lotería, transitaren las calles representaba un sin sabor fortuito de mínimas e injustas posibilidades.

Los vendedores ambulantes se vieron obligados al exilio comercial y sobrevivir sin ingresos diarios los condujo a una lucha física contra la muerte. Los pocos valientes que se fugaban para trabajar, terminaban en medio de persecuciones policíacas o siendo blanco de robos a plena luz del día.

En la medida que transcurría cada mes, los ahorros sucumbían ante la poca indulgencia del estado y las leyes contundentes que los estaban matando con punzadas letales.

En aquellos días, los mercados gratuitos asignados por el gobierno, llegaban a las casas de familias más adineradas mientras otras decenas se echaban a perder bajo el agobio del sol y la intemperie de julio, en alguna casa contratista del Icbf del sur de La Guajira.

Por su parte, los funcionarios y empleados favorecidos con contratos a término indefinido, engordaban en la cama consumiendo Netflix, Amazon Prime o alguna de esas plataformas de contenido streaming y de suscripción mensual.

Quienes disfrutaban del bienestar económico producto de un salario permanente, se enfrentaban a preocupaciones más importantes que iban desde las simplezas ocultas en las redes sociales, consejos de Aida Merlano para coger mejor y las recomendaciones de YouTube que patrocinaban a jóvenes sin cerebro que influenciaban a otros jóvenes con menos cerebro.

Para ellos, la pandemia no representaba un azote al cuerpo, sino una invención divina del cielo para quedarse en casa y seguir recibiendo una paga, quizás inmerecida.

Mientras los menos afortunados promocionaban tapabocas, cargadores de celulares, verduras, frutas y libreticas para tomar apuntes las afueras de los centros comerciales, los más pudientes se preocupaban por personalizar sus dispositivos móviles con la última aplicación de Play Store o hacer compras virtuales de vestuarios que nunca usarían.

Muy pronto la cosecha de mangos terminará, pero el confinamiento parece prolongarse unos meses más. La realidad nos convence que la solvencia económica de los más marginados seguirá debilitándose por culpa de la ambivalencia del gobierno y los señalamientos de aquellos frívolos que se congelan las nalgas con el aire acondicionado a toda hora, sin saber cómo hace un pobre para sobrevivir al día a día sin poder salir a trabajar.

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