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Nuestra historia con Papito se inició el memorable día en que la prima Darlis tuvo la genial idea de trasladarse de ciudad y, como ciertos trastos, cosas y recuerdos no cabían en el camión de la mudanza, comenzó a repartirlos entre los miembros de la familia.

A Víctor le entregó una licuadora japonesa de diez velocidades a la cual sólo le faltaba el vaso de vidrio cuyo remplazo no había podido localizar en diez años de obstinada búsqueda; Wilbert recibió la caja de herramientas en la que había desde una navaja suiza hasta un taladro manual; a Rosalía le correspondió un betamax con televisor incorporado, ambos con “pequeños desperfectos que cualquier técnico podrá reparar”.

Y a Rafael, un escaparate de madera de guayacán que se caracterizaba porque cada una de sus tablas tenía como cinco centímetros de grosor, al que su antigua dueña quería mucho porque era a prueba de gorgojos y de otras plagas. Aunque también a prueba de balas, de incendios y hasta de bombas atómicas, según decían los desafortunados vecinos a quienes les tocó la dura tarea de trasladarlo a la casa de su nuevo dueño.

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Gracias al hipotético aprecio que la prima me profesaba, fui beneficiado con la supuesta fortuna de ser el nuevo dueño de Papito, un maleducado perro criollo con ínfulas aristocráticas, cuyo cuidado me demandó un precioso tiempo que bien me hubiera servido para ayudar a mis hermanos a buscar el inencontrable vaso de la licuadora, al técnico que hiciera las “reparaciones menores” al betamax y el televisor o a la cuadrilla de hombres con fuerza hercúlea que movieran el escaparate hasta la habitación que se le había asignado, porque los anteriores voluntarios sólo lo pudieron llevar hasta la terraza.

Pero por ser el padre adoptivo de Papito, sujeto medio loco, díscolo, irreverente y malcriado, estaba obligado a centrar mi atención en faenas tales como evitar que la vecina de al lado cerrara su gallinero por sustracción de materia, bajarlo de lo más alto del árbol de almendra al que subía como un meteoro en persecución de las pobres iguanas,  iniciativa siempre condenada al fracaso, tanto como su capacidad para bajar de las alturas a las que constantemente lo llevaban sus malos y desenfrenados instintos perrunos.

Pero sus travesuras no quedaron ahí: el dichoso animal interrumpía los partidos de fútbol de la cuadra mediante el odioso método de pinchar los balones, brincaba a la mesa a la hora del almuerzo, perseguía a los carteros y asustaba a los transeúntes. Era, lo que se dice, un perro deschavetado.

Podrán suponer ustedes que tales conductas no me agradaban en lo más mínimo, pero sobre todo no me gustaba el nombre Papito, el cual me parecía cursi, delicado, descafeinado, medio tonto y poco coherente con la personalidad de quien lo portaba. Era necesario y urgente rebautizarlo pero, ¿Qué nombre le pondríamos?

Por la época, los periódicos del continente le dedicaban páginas enteras a las angustias de un presidente del vecindario a quien enjuiciaron y finalmente destituyeron por insania mental, es decir, porque estaba loco.

En breve diálogo con una de mis hermanas coincidimos en que el presidente estaba tan chiflado como nuestra mascota, o viceversa, de manera que habíamos dado en el clavo para elegir el nuevo nombre. En adelante Papito no sería Papito, sino Bucarín, ligera variante del antihéroe a quien le heredaría el nombre. Para evitar complicaciones con mi papá, un hombre de pocas pulgas y de formación ortodoxa, le supliqué a mi hermana que no le revelara cómo habíamos llegado a la conclusión de que el canino debería llamarse como ahora se llamaba.

Gracias al rebautizo el perro se convirtió en la sensación del barrio. Todos querían conocerlo y  hacerse amigos sus amigos, los niños ahora le prestaban el balón, las iguanas lo saludaban desde lo alto de las tapias a donde se habían mudado, el periodista comunitario hizo una nota titulada “El perro que tiene nombre de presidente”. A algunos los vi con intenciones de pedirle autógrafo.  

No faltaban, eso sí, los despistados que se confundían en la pronunciación y le decían: Aserrín, Chapulín, Pirulín… A todos ellos el perro les contestaba dándoles fuerte con el látigo de la indiferencia. Era su forma de decir: “yo no me llamo así”.

Todo iba bien, pero la lenguaraz de mi hermana fue inepta para guardar nuestro secreto y le contó a papá la verdad sobre el nombre.

El jefe de la familia, muy enojado me llamó a juicio y, después dela mayúscula reprimenda, en la que se mezclaron palabras de grueso calibre en lengua castellana, piamontesa e italiana, finalmente se calmó y me dijo:

-Tienes que ofrecerle disculpas

A lo que respondí, temblando:

-“¿Cómo voy a ofrecerle disculpas? Ese señor vive muy lejos. Y ahora con el problema que tiene nadie sabe dónde está. No tengo su dirección para mandarle una carta”.

-¡Excusas al perro, no al presidente! bramó mi papá.

Quise cumplir la orden,  pero vi a Bucarín y al vecindario tan felices con el nombre, que por primera y única vez en la vida desobedecí a mi progenitor.

Perdóname papá, donde quiera que ahora estés.