Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son responsabilidad exclusiva de los autores y no representan necesariamente la posición oficial de laguajirahoy. Escríbale al autor a [email protected].


-Publicidad-

Ellos son, los amigos traviesos que alegran las calles, hacen huir despavoridos a los infortunados forasteros que invaden su territorios, mortifican sin piedad la vida de los ciclistas, corretean furiosamente a los más refinados miembros de la nobleza gatuna y reciben alborozados a sus dueños sin importarles que estos utilicen prendas de inmaculado color blanco.

El mundo no sería igual sin los amigos peludos, cuya compañía hace grata la vida del hombre y complica drásticamente las actividades de los ladrones de patio, los vendedores de verduras y de los profesores que intentan suprimir todos los ruidos de sus clases virtuales y han logrado erradicar con éxito las campanitas agitadas del de heladero, los gritos exaltados del vendedor de aguacate, pero no así los ladridos intensos de la comunidad perruna del barrio.

A veces, mientras pasan ante mis ojos las decepcionantes jugadas de un mal partido de fútbol, me he puesto a pensar cómo sería la humanidad si los perros hicieran lo único que les falta para entenderse mejor con el género humano. Se me ocurre que sus amos los usarían para que hicieran los mandados o para que reclamaran los medicamentos en la droguería de la esquina.

-Publicidad-

Los perros llegarían a la tienda y le dirían al encargado:

-Véndame una libra de queso, dos de tomate y tres de carne.

El tendero ni siquiera se sorprendería, pues sabe que los perros hablan. Depositaría todo en un canasto que nos animales llevarían en el cuello y cobrarían el importe de la compra.

Al llegar a casa los perros entregarían a sus amos el queso, los tomates, la cebolla y…se disculparían con una excusa como esta:

-Parece que al despistado del tendero se le olvidó otra vez despachar la carne.

Si pudiéramos escuchar las amenas tertulias de los perros de la cuadra, seríamos testigos de conversaciones como estas:

-Oye Negus, ¿Tu dueño también te reprende por hacer huecos en el patio?

-No sólo me regaña, amigo Nerón; además de eso me amenaza con el palo de la escoba. ¿Puedes creerlo? Con lo difícil que es en estos días abrir un hueco en la arena toda llena de piedras y vidrio y el pesado de don Jacinto no me felicita cuando lo logro, por el contrario coge unas rabias que un día de estos le va a dar un infarto.

-Terrible que eso te pase. Imagínate que a mí me tienen para cuidar la casa, pero la otra vez me regañaron por espantar a una señora confianzuda que pasó directo de la sala a la cocina sin pedirme permiso. Mi dueña se enojó mucho y me hizo quedar muy mal delante de la intrusa, me gritó unas groserías y me ordenó salir de la casa. En cambio don Javier, todo amable, se fue conmigo y me felicitó, me dijo que así era como debía comportarme, como todo un buen vigilante.

¿Y cómo se llama la intrusa?

-Se llama Suegra, por lo menos así es como le dice don Javier.

Si los perros pudieran hablar pudieran expresar sus emociones con algo más que ladridos y movimientos de la cola.

Cuando les sirvieran la comida dirían cosas como estas:

-¿Croquetas otra vez? Ya me tienen aburrido, ¿Por qué no llaman a un restaurante y piden una carne asada? Por lo menos podrían mandar a traer un humilde pollo a la broster.

Los perros son encantadores aunque tengan debilidad por los zapatos de caucho y den buena cuenta de ellos de vez en cuando. Son maravillosa compañía cuando salimos a hacer ejercicio aunque a veces arman unas camorras apocalípticas con otros de su especie quienes se enojan por la descarada invasión a su territorio. Pero la naturaleza cometió la injusticia de no darles el don de hablar que sí les dio a ciertas personas que sólo lo usan para levantar falso testimonio al prójimo y calumniar a los árbitros de fútbol.

A lo mejor si ellos hablaran, pudiéramos escuchar a un canino consolando a su amigo:

-Bob, ¿Por qué estás así?  Te veo bajo de nota.

-Estoy muy triste, querido Sultán. Mis dueños me encontraron acomodado en su cama, viendo televisión y se enojaron. Me echaron de ahí como un perro.

-Tranquilo Bob anímate, vamos a tener un momento muy bello, mira allá viene el cartero…