Sí soy miope y qué

Alejandro Rutto Martínez

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Nuestro amigo se llamaba Amilcar, tenía catorce años como todos sus compañeros de clase, era más alto que la mayoría, hablaba con un estilo campechano y en algunas ocasiones se aparecía en el colegio vestido con pantalones raídos, sombrero de paja y botas. En sus ojos se observaba el fulgor del campo y sus manos grandes y rústicas delataban el tipo de trabajo que realizaba cuando no estaba en clases.   

No pasó mucho tiempo antes de que aterrizara como víctima en el club de mamagallismo juvenil del curso, remoto precursor del bulling que hoy cunde en las instituciones educativas. Lo apodaron “Pueblerino”.

Además del apodo soportaba profecías presuntamente deleznables sobre su futuro:

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-“Cuando seas grande vas a ser vaquero, sólo te falta el caballo” y cosas por el estilo.

Un día “Pueblerino” se arremangó la camisa, puso la mochila de los útiles escolares en la mesa y gritó de forma retadora:

-¡Sí soy pueblerino y qué!  ¿Hay algún problema?

Ningún problema ocurrió, excepto que todo el mundo desapareció al instante en busca de refugio en lugares más seguros, lejos de quien los había desafiado mediante la táctica del auto reconocimiento.

Yo quiero auto reconocerme hoy como miope, cegato, paciente de astigmatismo y varios “pequeños asuntos” relacionados con la cortedad física de visión que se han empeñado, sin lograrlo, en evitar que sea feliz.

Ser miope es un asunto difícil, sobre todo cuando estamos rodeados de gente que ve más y mejor que nosotros y se producen escenas como esta:

-Mira allá donde viene Camilo con su camisa roja y su pantalón morado. Eso no combina, menos en esa bicicleta amarilla.

Los miopes miramos hacia donde nos señalan, un lejano punto situado a cinco cuadras, y no vemos la camisa roja, ni el pantalón morado, ni la bicicleta. Tampoco a Camilo ni nada que esté más allá de diez metros.

La vida del miope es más difícil cuando el defecto de fábrica viene acompañado de astigmatismo, un padecimiento que nos impide tener visión nítida de manera que un foco de luz aparece difuso y disperso como si fueran veinte en lugar de uno sólo. 

Las cosas se ponen aún más difíciles cuando estamos matriculados en el grupo NG, una rareza de la especie humana conformada por aquellos miopes, cegatos, cuasi ciegos que hemos renunciado a la vital sugerencia de usar gafas, no por capricho porque estas nos estorban, nos hacen sentir que se descoordinan las piernas y los ojos y otras molestias por el estilo, de modo que decidimos aventurarnos en los traficados senderos de la vida a la buena de Dios, sin gafas y con fe.

Caminamos a base de cálculos hechos con el instinto, nos adiestramos en el arte de la supervivencia callejera, vivimos al filo del peligro o de la crítica de quienes nos reclaman porque “los vimos” y no los saludamos, y nuestra mente luminosa se vuelve experta en inventarle excusas al optómetra que intenta convencernos de que las gafas nos cambiarán la vida.

Si ustedes consideran que la vida de un miope NG es como la de cualquier otro mortal, están muy equivocados y pertenecen a ese amplio grupo de escépticos que no nos creen cuando les decimos que si no los saludamos en la calle es porque no los vimos a pesar de que nuestros ojos estaban enfocados hacia ellos.

Les voy a compartir algunas de las penosas situaciones por las que pasamos los miopes de solemnidad y que nos hacen blanco de torrenciales lluvias de comentarios adversos y de rumores vecinales:

  1. Cuando vamos por la calle no vemos los rostros. Si acaso conocemos a alguien es por su silueta o sus gestos.
  2. A veces saludamos por decencia sin saber a ciencia cierta quién es la otra persona y contestamos saludos que en ocasiones no son para nosotros.
  3. Somos receptores de mordaces observaciones como “la plata se acaba y las amistades quedan” provenientes de algún amigo (¿Examigo?) dolido porque supuestamente lo ignoramos en alguna parte.
  4. Nos da una vergüenza terrible en la óptica cuando confesamos que sólo vemos la solitaria letra de la primera línea
  5. Cuando alguien toma nuestras gafas y se las prueba inevitablemente lanza la exclamación: ¡Tú estás ciego!
  6. En el banco tenemos que pedirle al vecino de al lado que nos avise cuando en la pantalla aparezca nuestro turno.
  7. Sólo podemos ir a cine cuando estamos seguros que la película es en español.

No todo es tan malo tampoco. Los miopes tenemos un oído privilegiado con el que la naturaleza nos compensa. Podemos ver de cerca hasta las letras más pequeñas y también distinguimos la sonrisa de las personas que nos quieren.

Algunos estarán hoy comprendiendo muchas cosas que les han sucedido con sus amigos miopes, a quienes prejuzgaron sin piedad.

Tranquilos, no tengan remordimientos, la culpa no es de ustedes sino de nosotros que nunca tuvimos la valentía de mi amigo Pueblerino para quitarnos las gafas y gritar sin temores y sin pudor ¡Yo soy miope…! ¿Y qué?

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