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El 21 de octubre de 1805 sucedió la batalla napoleónica conocida en la historia como batalla de Trafalgar, frente a las costas de la provincia de Cádiz, territorio español. La contienda fue entre las tropas franco español, aliado en ese momento, contra las británicas comandadas por el reconocido antes y después como Horacio Nelson, el gran Nelson, mandamás de los mares, hasta ese día.

Esta batalla se considera de alta importancia histórica porque a partir de ahí se impuso la superioridad naval de Gran Bretaña y el debilitamiento de la flota española implicó que España tuviera que disminuir ‘la protección’ de sus colonias americanas, lo que facilitó en parte el proceso de independencia de estas. España perdió poder como potencia colonial.

Por eso se recuerda a Trafalgar. En Colombia y sobretodo en La Guajira también porque en ella participó José Prudencio Padilla López, nuestro gran Almirante, gloria por siempre de nuestra tierra. Y no era un simple marino de guerra.

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Lo hizo como contramaestre del navío español San Juan Nepomuceno que terminó entregándose a los británicos después de arduo combate con más de 100 muertos y 150 heridos del lado español y un indeterminado número de los ingleses. Pero ni el Nepomuceno estaba solo ni era uno más en pleno combate, sino todo lo contrario. Tenía 74 cañones y la flota franco española estaba compuesta por 33 navíos contra 27 de los británicos. De ahí la magnitud del combate que terminó con más de 3.700 muertos y cerca de 5.000 heridos. El guajiro Padilla fue tomado prisionero.

Ya en 1808, cuando Gran Bretaña firma un tratado de paz con España, se entregan los prisioneros y España envía a José Prudencio como contramaestre del apostadero de Cartagena de Indias, donde comenzó a desarrollar, de verdad, su lucha por la libertad con acciones intrépidas que ha recogido la historia y que van desde los movimientos iniciados en Getsemaní y que año tras año lo van señalando como el estandarte colombiano que lucha por su pueblo. En Cartagena de Indias, comenzó su lucha por la causa libertadora.

Estuvo por Haití en la ruta libertadora con Bolívar, también en la Laguna Salada, liberó a Riohacha y a Santa Marta, se coronó de gloria en la batalla del Lago de Maracaibo, participó y de qué manera en la Independencia de Cartagena, dejó huellas victoriosas por los lados del Río Orinoco, y toda Colombia supo del mulato, pardo o negro que luchó contra los españoles por la independencia de su pueblo.

También tuvo tiempo para la política. Desde Getsemaní, su patio de siempre, por sus acciones y por el respeto ganado a pulso logró ascender hasta el Senado de la República por dos períodos consecutivos, por lo que puede decirse que nuestro gran almirante no solo fue marino y militar sino también Padre de la Patria como se les llama a nuestros legisladores de cámara alta. A lo mejor, como relatan algunos, fue el primer senador afro que se recuerde.

Pero el final constituye el mayor agravio recibido por colombiano alguno. Como diría Juan Gossaín en una conferencia por allá por el 2014, lo mataron dos veces. Fusilado y después ahorcado. Lo acusaron injustamente de la ‘conspiración septembrina’ es decir, de atentar contra la vida de Simón Bolívar, a quien le tocó reconocer posteriormente que la ejecución de Padilla había sido  injusta y que se arrepentía de haber ratificado la decisión de Urdaneta. Demasiado tarde. Ese fue un crimen de Estado.

La Convención Granadina en 1832 pensó que había subsanado el error al absolver a Padilla de todos los delitos que se le habían atribuido, incluido el de traición a la patria. Ordenó además que se reivindicara su nombre y se le devolviera el honor mancillado, cosa que hizo años más tarde el propio Consejo de Estado. Pero, independiente de todo eso, creo que La Guajira le está debiendo todavía un desagravio a la memoria del almirante José Prudencio Padilla López.

Solo una estatua en el parque principal, el nombre de una plaza, el de una institución de educación secundaria y un barrio de la ciudad de Riohacha, es lo que hemos dedicado al nunca bien ponderado almirante. Un tedeum todos los años junto con una corona que se queda por varios días a los pies de su estatua, parecen poca cosa para honrar a un héroe de la patria.

Propongo que el dos (2) de octubre de 1928, fecha del segundo centenario de la muerte de José Prudencio Padilla, sea escogido para hacerle un desagravio, mayúsculo por lo merecido, a su memoria. Que Colombia entera lo sepa, que todos los estudiantes de todo el país se apropien del hecho de que la historia de Colombia hubiera sido distinta sin la intervención del libertador de los mares y ríos nacionales, hubiera sido otra si no interviene nuestro gran almirante.

Instituciones como la Academia de Historia de La Guajira, el Fondo Mixto para la Cultura y las Artes y la universidad de La Guajira, entre otras, podrían a partir de ahora liderar un proyecto que sirva para que dentro de seis años podamos gritar a los cuatro vientos que el personaje más insigne de nuestra historia, el almirante José Prudencio Padilla López, ha sido desagraviado. Para toda la eternidad.