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El pueblo colombiano sin rumbo ni itinerario, asiste absorto y curioso al grotesco espectáculo, que presentan en el Congreso sus inútiles desorientados y malparados dirigentes; siendo los mismos en una gran mayoría, que cooperaron en el afianzamiento del gobierno anterior, que pretenden disimular en estos momentos, la actitud negativa de su pasada actuación parlamentaria.

La manera de producirse la actividad política en estos últimos meses, justifica el proceso de impunidad de los mayores amanuenses colaboracionistas del pasado. Persiste la atroz indiferencia del pueblo y la política de cautela y oportunismo perniciosa.

La última fórmula que se le ofrece a la nación, son la de reformas sosas e insustanciales a la Constitución. Se insiste como siempre en la tradicional práctica de la superchería y del donaire desenfadado de «producir cambio para que todo siga igual», sorteando la convocatoria de una verdadera Asamblea Nacional Constituyente corporativistas, con participación de todos los estamentos que conforman un Estado Social de Derecho, completamente ajena a como la que preparó proyecto y confección la Constitución Política actual, elaborada e impuesta por una mayoría de delegados de los partidos políticos, para sus propios beneficios, cuando el deber exigía gestos más gallardos, ecuánimes y justos.

Ni el sentimiento de la responsabilidad que contrajeron con su patosa actuación en aquel momento, ni siquiera la gravedad de esta hora de confusión que vive el país, les inclina a actuar con sinceridad.

Es evidente que lo que intentan es soslayar la responsabilidad eludiendo la gravedad de estos instantes que exige sacrificio, no del género realizado como cuando los jefes de partidos, aceptan cargos Ministeriales, embajadas o cualquier otras prebendas,  sino del que obedece al dominio de su conciencia. Los congresistas no tienen derecho a eludir el problema —con personales debates— cuando la vida política y social del país se halla en instantes de peligro, el abandono de su compromiso con el pueblo que los eligió no es un gesto muy aconsejable. Están obligados a afrontar el problema planteado por la pandemia, con mayor responsabilidad, aun cuando su actitud esté en pugna con los intereses personales o con la disciplina de su partido.

En la actualidad nos hallamos frente a una configuración del Estado, que no se ajusta a la realidad de la vida nacional. Las instituciones a usanza legendarias, atrofiada con un contenido ideario de opinión anacrónico, se han convertido en una ficción que se proyecta sobre el régimen que se alimenta de ellas mismas, olvidando que el ritmo de nuestro tiempo con un mundo globalizado, han creado otros órdenes sociales .

El divorcio existente entre la realidad nacional y la conformación del Estado, ha forzado la función gubernativa; desviándola hacia la mas cómoda, fácil e inmediata solución: que es la exaltación personal. Debido a ello el equilibrio perdido desde el momento que se prescindió de la soberanía del pueblo, ha hecho del gobierno actual y del anterior una nave sin rumbo. Y la inevitable consecuencia es que, aplazado el deber de cumplir los fines del Estado, por esa desorientación de las administraciones pasadas, la nación sufre el retroceso de esa pausa señalada..

Si analizamos la situación a hacia el futuro, una solución oportuna sería lograr al legislar, una conciliación entre el hecho social y la ley. Cabe entonces la posibilidad de una nueva constitución, vigorizada que contenga la modificación visible en la  decadencia del actual régimen. En tal caso podría darse una alianza para reorganizar las instituciones, si los dirigentes de todos los movimientos, partidos y asociaciones se deciden a realizar los cambios necesarios para una verdadera transformacion nacional.

Lo que no puede seguir tolerándose, es que después de sufrir el país y la población civil en particular, todas las vejaciones de las parte en conflictos, se organice en el Congreso como orden del día, la comedia de debates personales que en nada contribuyen a solucionar uno de los más graves enigmas que aquejan al país: la solución al problema de la paz. Eluden de una forma u otra el deber de orientar la opinión que antes llevaron a la confusión y al escepticismo con sus desaciertos. Se apartan astuta y cómodamente para que el pueblo resuelva, usando su soberanía. Si eso en efecto llegare a suceder, serían juzgados todos los responsables, y en primer término, los gestores del momento desafortunado por el cual atravesamos. Quienes se alegrarían más de todo esto, serían los que en forma confusa atacan al gobierno, y a todos lo que no estén de acuerdo con sus procedimiento, cualquiera que ellos sean, sin tomar en consideración los medios utilizados para llevarlos a cabo. Mientras el país sigue hundiéndose en melancolía frente a su destino.

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