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Cuando llegamos a Mayapo, la primera impresión que tuve fue formidable. Al costado derecho de la carretera de un asfalto reciente, habían varios hoteles cubiertos de colores vivo, alineados geométricamente uno tras otro y las decenas de restaurantes incrustados en la playa solían extraviarse en la humarada proveniente de los asados de pargos gigantes y carne de pulpo elaborados para satisfacer el apetito de los comensales que venían de todas partes del mundo a La Guajira, con la firme intención de volverse locos de felicidad.

El balneario remoto, de aguas huérfanas y un azul intenso, se zambullía en los ojos  hasta tocar fondo en el alma y luego, al emerger nuevamente, podrías estar al lado del mismísimo Dios sin darte cuenta.

Por aquel entonces, los niños wayuu sufrían de sobrepeso y el agua pura del acueducto podría ingerirse sin hervirse previamente.

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Dentro de la población, las mayorías de las familias locales renovaban con frecuencia los aparatos de uso doméstico y mientras se engordaban de bienestar, terminaron olvidando aquellos años infernales cuyo delito había sido nacer en medio de una geografía inclemente, las contrariedades del clima y la desfachatez de un gobierno poco indulgente.

Durante años, en la medida que los diferentes gobernantes desfilaban en los puestos públicos del departamento, los municipios maduraban con una vitalidad desmesurada. En Manaure, se construyó una enorme planta desalinizadora del tamaño de seis estadios de fútbol y desde entonces en las rancherías más remotas de la Alta Guajira, los cultivos de toda clase de legumbres y hortalizas desafiaron cualquier pronóstico irracional que estuviese en contra de la imaginación. Los políticos untaron sus manos de honestidad y la capital guajira sucumbió ante el agobio de las obras sociales y un desarrollo admirable.

Los proyectos de energía eólica y energía solar empezaron a desboronar el deseo generacional en los jóvenes, que soñaban desde tiempos inmemoriales con graduarse de bachillerato para estudiar en el Sena y consumir los mejores años de su vida empleándose como obreros en una mina a cielo abierto, construirse casas con patios exagerados y dedicarse a la poligamia en los pocos días de descanso.

En ese tiempo, la multinacional Cerrejón se aburrió del colapso financiero y de la nueva mentalidad de progreso en los habitantes; y optaron por llevarse sus máquinas aniquiladoras de ecosistemas a terrenos más vírgenes del otro lado del mundo. Más temprano que tarde, los ríos y afluentes represados volvieron a su cauce original y las turbinas en los barrios marginados de Riohacha se murieron de tristeza por el desuso.

Cuestecita se desarrolló de tal manera, que los habitantes aprovecharon para consolidarse comercialmente y a lo largo de la vía principal, la vista se hostigaba observando los imponentes almacenes de ferretería y repuestos para camiones de carga pesada y automóviles de uso cotidiano. Por fin las carreteras rehusaron a la convivencia con los huecos eternos y los accesos a cada municipio fueron mucho más placenteros. La brecha del analfabetismo tecnológico disminuyó considerablemente y los colegios etnoculturales finalmente tuvieron el auge merecido.

Al disminuir el oportunismo y el tráfico de influencias, las vacantes de empleos en los puestos públicos, permitieron que  diversos apellidos diferentes a los acostumbrados lograran contratos prestacionales de manera transparente. Debido a esto, el departamento empezó a brillar. Hubo más calles pavimentadas en los corregimientos y los municipios olvidados recobraron la dignidad que en otros tiempos les habían hurtado.

Las más felices por los buenos tiempos fueron las enfermeras y los profesores de la Universidades públicas. Se priorizaron en el nuevo régimen y recibían sus salarios de manera puntual. Además, podían acceder a préstamos de libre inversión con las tasas de intereses más baja del mercado y dormir se convirtió en un ocio mucho más allá de una necesidad.

Cuando desperté del sueño apocalíptico, estaba acostado en una hamaca rentada y con un sol infernal calcinándome el rostro. Segundos después, varios niños famélicos y descalzos se acercaron a mí para ofrecerme pulseras tejidas y llaveritos en forma de mochila.

Justo en ese momento recordé que el lunes debía postularme para una vacante en la alcaldía, pero un frío en todo el cuerpo me recordó que no tenía ‘palancas’ allá.