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Bastante conmoción ha causado por estas semanas la decisión sobre el caso de Petro vs Estado Colombiano, que han determinado para nuestro orden interno ciertas consecuencias, ganando opiniones en contra y a favor, argumentos jurídicos acuñados en nuestra historia y estructura.

También se han ventilado argumentos respaldados en discurso de predicaciones por debilidades en nuestra lucha contra la corrupción, esa ha sido la bandera izada en las últimas semanas.

Ante dicho contexto, no puedo ser ajeno a exponer un punto de vista, quizás no con la experticia que algunas alocuciones han marcado, pero si bajo un predicado de justificación ante una sistemática forma en la que hemos entendido nuestro actuar y la del estado, y bajo la óptica de dos líneas.

Estas líneas están supeditadas a decantar dos ejes de las justificaciones en la inconformidad en contra de la decisión del Tribunal Internacional. Por un lado, el pregonar de que se debilita la lucha contra la corrupción y hoy los “corruptos” están brincando en un solo pie, por que el “coco” justiciero y bastión de la pulcritud parece pierde fuerza.

La segunda línea más jurídica, sobre concluir la necesidad de modificar nuestra estructura, incluso desde el marco Constitucional, que conlleva a plantearse la idea de modificar una entidad, y por ende de la repercusión en nuestra normatividad interna.

En este orden, inicio preguntando, ¿qué es corrupción?, ¿cuáles son sus efectos y a quién beneficia?, pero sobre todo ¿qué permite la corrupción?, y ¿a qué le tienen miedo los corruptos?

Si partimos que la corrupción sería la acción de corromper el sector público, con un actuar desviado de su propósito principal, cuya idea imprescindible por sus efectos la concebimos más a temas de dineros, sin que ello sean las únicas manifestaciones del ‘mal’.

Si hay algo que hemos podido comprender en los últimos años, es que los discursos son tan banales y poco consecuentes, que muestran datos a su parecer, por ello traigo algunos, el de opiniones e instancias internacionales.

Según las líneas de percepción y ranking de corrupción en Colombia entre 1995 a 2018, se ha pasado de una percepción de 36 a 99, es decir los niveles están muy lejos de ser un país en mejora en comparación con Dinamarca y nueva Zelanda, sin dejar de lado que para el 2020, la visión nos ubica entre los 10 países más corruptos del mundo.

En La Guajira durante los últimos años sean ventilado asuntos, a partir de noticias sobre inicios de actuaciones como grandes luchas contra la corrupción por todas las entidades, en temas de “bolsillos de cristal”, pagos irregulares, celadores “fantasmas”, programa de alimentación y construcción de acueductos.

El porcentaje de una noticia final sobre resultados de esas noticias iniciales, está por debajo en resultados en 40 %, ello quiere decir que lo que se anuncia como corrupción o no es, o simplemente el aparato del estado no está dirigido a dar una solución definitiva.

La anterior cifra implica, que muy a pesar de haber tenido Procuraduría, por lo menos durante los últimos 25 años, no han mejorado nuestros datos, y menos nuestra percepción, lo que conlleva a que no es tan acertado indicar que el fallo por el tema de Petro es una fractura al asunto.

Así las cosas, los números no apoyan la idea de indicar que los corruptos han ganado, de hecho, el principal problema es que la corrupción la hemos aceptado desde sus elementos más simple como algo “natural” del andamiaje estatal, porque está inmersa en el sistema, nació del él y ha crecido por él, como un cáncer silencioso, que invade todo tu cuerpo.

Fue Hamilton y no yo, quien expresó la debilidad en que Ramas y personajes con poder actúen en razón de las conformaciones de otros poderes, eso se vuelve peligroso, un vicio y anhelo por el poder que lo personaliza, aspectos advertidos por Weber.

De hecho, podríamos indicar que los grandes asuntos sobre corrupción vienen de articulaciones nacionales, sin embargo, se ha pretendido mostrar que el castigo exclusivo o focalizado en los territorios da cuenta de la lucha.

No son los números los que nos blindan contra la corrupción, es la necesidad de una modificación del sistema en la forma como confluyen actores principales cuyos cuestionamientos los hacen parte de ese sistema, interviniendo ellos en la designación y elección de quienes empuñan las banderas.

Así entonces la conclusión a esta primera línea, es que, desde el punto de vista numérico, percepción o resultados finales, no es del todo cierto que se haya debilitado la lucha contra la corrupción, porque hemos tenido la misma estructura institucional y metodología desde por lo menos los últimos 30 años, y los efectos no han mermado, a pesar de reformas legales y campañas, tal vez el problema está en el sistema, siendo así, es oportuno el asunto para dar un golpe sobre la mesa.

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