Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son responsabilidad exclusiva de los autores y no representan necesariamente la posición oficial de laguajirahoy. Escríbale al autor a [email protected].


-Publicidad-
-Publicidad-

La historia de las instituciones es importante porque a partir de ella entendemos su presente y nos preparamos para visionar un futuro. No podría ser de otra manera cuando pensamos en la universidad de La Guajira, hoy convertida en corazón y alma de los guajiros, los de nacimiento y los adoptados.

Por ello hay que ahondar en su historia. Entender claramente que su nacimiento fue largo y dilatado. Desde 1966 hasta 1976 los diputados y los gobernantes de turno pretendían sacar de la manga una universidad para la Guajira, pero no hallaban el camino.

Los gobernadores de entonces, Nelson Amaya Arregocés, Raul Brugés Amaya y Lorenzo Solano Peláez, cada quien en su año, sancionaron ordenanzas distintas que apuntaban a la creación de una universidad en suelo guajiro, pero solo eran ideas calenturientas porque de allí no pasaron. No fueron capaces porque no sabían como cristalizar la idea o se les acabó el tiempo porque los gobernantes nuestros solo llegaban por ostentar el honor de serlo, pero no contaban con programa alguno por desarrollar.

-Publicidad-

Se necesitó que llegara Cristóbal Fonseca Siosi para que en sus apenas nueve meses de gobierno contratara un estudio con el Sipur para ponerle piernas a la idea. La Universidad inicia labores el 7 de febrero y Fonseca Siosi se retira el 10 del mismo mes y año porque quería continuar como Representante a la Cámara. Aunque fuera con patas cojas y bases inestables, el proyecto arrancó.

No sobra repetirlo. La Universidad comenzó en dos aulas con oficinas anexas, sin presupuesto de inversión y con menos de  lo justo para sobrevivir. Dependía del querer o no querer de los gobernantes y la Doctora Lola De la Cruz de Pastrana quien reemplazó a Fonseca Siosi, no quería que la Universidad existiera. Llegó a manifestar que era mas barato enviar a estudiar a Harvard, con los gastos pagos, a todos los estudiantes. Afortunadamente su mandato duró solo 18 meses.

Le sucedió Rafael Iguarán Mendoza que si bien no se mostró reacio con el devenir de la Universidad tampoco se destacó por impulsar su existencia. Era un sin querer queriendo, un soportar pero consentir que los aportes llegaran aunque retrasados, era no incluir rubros para inversión, era un trasegar de la Universidad por los caminos del no se sabe, de un futuro incierto, de un hoy sin mañana.

Mientras, el rector Romero y los demás directivos arropados por los estudiantes, se tranzaban en un duelo a muerte contra la indiferencia gubernamental. Campañas para dotar a la biblioteca, caminatas para recolección de fondos, solicitudes de apoyo a instituciones públicas y privadas, recolecta pública de bloques de cemento para construir un aula, rifas ciudadanas y todo lo imaginable para subsistir legalmente.

Mucha gente no creía en el proyecto y lo veían como una ilusión que mas temprano que tarde se vendría abajo. Algunos llegaron a comparar a la naciente universidad con La Escuelita de Doña Rita, programa de humor radial que se difundía diariamente por Caracol, por allá por los años sesenta y setenta.

Pero hubo un punto de inflexión en esta historia. Fue la obtención en comodato por 20 años de las instalaciones que a partir de 1981 utilizó la universidad de La Guajira ubicadas en la calle 27. Eran instalaciones del Instituto Colombiano de Construcciones Escolares, Icce, supuestamente construidas para el funcionamiento de un Inem similar a los que existieron y existen en todo el país. La gestión se debió al gobernador de entonces, Eduardo Abuchaibe Ochoa quien con su Secretario General, Jairo Aguilar Ocando, sacaron adelante este propósito. En buena hora.

Fue un punto de inflexión porque las curvas de existencia institucional, cambiaron de sentido. Se comenzó a respirar aire fresco. Se podía mirar hacia adelante y comenzar a planificar el futuro. Por ello ya en 1981 se crea la Oficina de Planeación y se realiza convocatoria pública docente a nivel nacional para mejorar la planta profesoral.

Llegarían posteriormente otros puntos de inflexión como la expedición de la Ley 30 de 1992 pero esa “nueva“ sede disparó la fe en la población. Y eso era suficiente para repeler los ataques de quienes querían cerrarle el paso o aprovecharse políticamente de ella. Ataques que aunque todavía siguen, ya no cuentan con terreno abonado. El pueblo, siempre superior, se cierra a defender sus logros.

-Publicidad-