El Departamento de La Guajira, en tiempos pasados no muy lejanos, era considerado un remanso de paz, donde hombres y mujeres de diversas culturas y ambientes, de toda clase y condición social, de cualquier creencia religiosa y de diversos partidos políticos, podían vivir en armonía, siendo siempre solidarios los unos con los otros.
A esta conclusión llegó el representante de la iglesia católica en esta sección del país, monseñor Héctor Salah Zuleta y quien de paso se hace varias preguntas que de pronto no tienen respuestas. ¿Qué está pasando en los tiempos presentes?, ¿Por qué ahora tenemos que extrañar aquellos días de tranquilidad?
Somos testigos de primer orden de situaciones que hieren profundamente el corazón guajiro: familias divididas por el odio; niños, adolescentes y jóvenes de ambos sexos sometidos a vejámenes de toda índole e involucrados en hechos de violencia y muerte; muchos sin la posibilidad de acceder a la educación y padeciendo hambre y necesidades; campesinos desplazados de sus parcelas obligados a venirse a las ciudades a engrosar los cinturones de miseria; atracos, atentados terroristas, secuestros y asesinatos son ahora el pan de cada día.
Monseñor es consciente que en departamento le hemos abierto la puerta a la violencia, para descubrir con dolor que “no es cristiana ni evangélica” y que  siempre es causa de más violencia  como nos decía el Papa Paulo VI en su Evangelii Nuntiandi.
Duelen profundamente los acontecimientos de los últimos días: El secuestro de Mohamad Fawzi Yebara, Moisés Henríquez, Ángel Ramón Rodríguez y Mary Luz Acosta, asesinada a manos de sus captores. Duelen las muertes de adolescentes y jóvenes en diversos eventos de violencia.  Lamentamos desde lo hondo del corazón los actos con los que se lastima al ser humano en cada rincón de nuestro Departamento.
Ante este panorama sombrío, quisiera invitarlos a reflexionar en los siguientes puntos, para que juntos volvamos a hacer de la Guajira el paraíso que antes fue.
¿Qué es la violencia?: Es el recurso a la agresión, a la ofensa, al insulto, a los golpes, a las armas,  con el fin de vencer al otro, rebajarlo y, si es posible, destruirlo y eliminarlo. Es el uso de la fuerza para imponerse a los demás. Es la ansiedad de adquirir poder y de aparecer como dominador sobre personas, grupos o naciones.
También argumenta sobre las raíces de la violencia, por el orgullo y la envidia; es entender que si los demás son mejores que yo, o que tienen la razón que yo no poseo, trataré de destruirlos. Su superioridad es un reproche a mi mediocridad, y el Caín que llevamos dentro hace que matemos al inocente Abel.
Igualmente, toca la fibra de ambición del poder, donde prima quien quiere imponer su ley y sobresalir, someter a los demás y dominar, no dudará en recurrir a cualquier medio, con tal de lograrlo.
Asimismo, se introduce en la contaminación social. Si las conversaciones y consejos que escuchamos están muy marcados por la violencia; si los medios de comunicación insisten morbosamente en las notas rojas; si los programas de cine y televisión, incluso las caricaturas, están saturados de crímenes, asaltos y suspenso, será muy difícil sustraerse a este medio ambiente de violencia.
La Imitación y el deseo de sobresalir. Si en otros países o regiones hay pandillas de adolescentes y jóvenes; si se les da tanta publicidad a los terroristas y guerrilleros; si las películas presentan tan detalladamente la forma de robar y matar, cómo no sentir el atractivo de hacer algo semejante, aunque sea para salir del anonimato y llamar la atención.
Finalmente, Héctor Salah Zuleta, dice que en cierta forma la sociedad está plegada de odio, con el deseo de tener sin trabajaren nuestro existe mucha injusticia social, la rebeldía contra el ‘orden establecido’, la vagancia y la búsqueda de sensaciones nuevas y la ausencia de Dios. Sólo así superaremos la cultura de la violencia en que vivimos y construiremos la «nueva civilización del amor».