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Durante algunos minutos, mientras regresaba de Maicao, “you had my heart inside of your hand, and you played it to the beat” taladraba mi cabeza, como si la estuviera escuchando de manera vertiginosa dentro de mi cerebro.

Atrás, un Maicao irreconocible sucumbía ante la tenacidad de una cuarentena sin tregua, ante un sol ardiente y húmedo que perforaba los huesos y un insoportable calor acelerando las revoluciones en las aspas de los abanicos en los talleres olvidados de mecánica.

Luego de un almuerzo irresistible, empecé a deambular sobre el asfalto hirviendo hasta que un forastero famélico, cuyo acento poseía una mezcla rustica de criollo y caraqueño; abordó angustiado mi aventura en una calle principal y como si hubiese estado esperándome toda la vida en la misma esquina de pintura corroída, con sus chanclas carcomidas por el andar de un despatriado sin suerte y la camisilla desgastada de un equipo de beisbol venezolano, me condujo a rastras hacia el próximo automóvil que viajaba para Riohacha.

El conductor habló un par de cosas que no pude comprender, luego renegociamos el pasaje y finalmente ingresé en el auto absorto por el bullicio de las personas que vendían cualquier clase de productos en la carretera. Dentro del automóvil, había una mujer venezolana de rostro bondadoso con varios tatuajes desperdigados en el cuerpo y un hombre en plena transición al sexo opuesto, también de la misma nacionalidad, untándose alcohol cuidadosamente en la nariz con un algodón limpio.

Evidentemente, afectado por el licor, el sujeto trataba de recordar que había pasado la noche anterior en una fiesta a la que habían sido invitados, mientras la chica le revelaba con exactitud los pormenores de aquel exceso nocturno. 

Víctima de un robo, donde perdió su teléfono móvil y las extensiones de cabello, el travesti, no dejaba de culpar a ‘Isabel’, una vieja compañera de prostíbulo quien había sido la última en abordar el vehículo que los llevó a su habitación cuando finalizó la fiesta en la madrugada.

¡Ella fue machi! – gritaba encolerizado, cuando las ráfagas de recuerdos lo regresaban al fatídico momento.

‘No te preocupes Machi’ – trataba de consolarla la chica- “ahora que lleguemos a Riohacha, publicamos cien anuncios en la página de putas para que reúnas y te compres nuevamente las extensiones y el celular”.

“Me voy a coger a toda Riohacha para comprarme mi móvil este fin de semana” – ambas reían extasiadas- “deben servir para algo estas nalgas operadas”.

En el transcurso del viaje, la chica de los tatuajes le confesó que, uno de los clientes de la jornada anterior, terminó siendo un ‘pichache’ para gastar y que los hombres así no le gustaban. Prefería los de bolsillo fácil y los que duraban poco o mejor aun los que sin empezar ya estaban terminando.

Saliendo de Maicao, otra pasajera abordó el automóvil. Iba de prisa para una cita médica a la una de la tarde, emperfumada de los pies a la cabeza con un tapabocas amarillo por el uso excesivo. cuando advirtió que su compañero de asiento derecho, se trataba de un hombre operado como mujer, no dudó en lanzarme una mirada de confusión. Yo no la miré, pensaba en los cactus enterrados a lado y lado de la carretera y la serie de Anne con E que estaba viéndome en las noches con mi hijo.

En Riohacha la pandemia también reinventó el negocio de los cuerpos. En vista de que la mayoría de los burdeles cerraron sus puertas al público, las prostitutas no tuvieron otra opción que publicar anuncios web ofreciendo sus servicios de compañía.

Otras, que contaban con una clientela fidedigna, laboraban a domicilio o en los hoteles donde se hospedaban. Las tarifas estaban entre treinta y cien mil pesos colombianos e incluían diversos servicios: masajes, Kamasutra, besos en toda las formas y colores, posiciones y otras que suenan más extrañas.

Los hombres prefieren las operadas – confesaba el travesti, un hombre de infancia lúgubre, abusado por un familiar cercano hasta que decidió irse de la casa y comenzó a prostituirse para sobre vivir.

“Los hombres casados son los que más contratan mis servicios “- siguió diciendo.

Nuevamente,  “you had my heart inside of your hand, and you played it to the beat” retumbó en mi cabeza. Cuando llegamos a Riohacha, seleccionaron al azar un hotel modesto cerca al mercado viejo y el auto se detuvo. Los chiflidos de los hombres incumplieron la tranquilidad en la estación de gasolina.

La otra pasajera se bajó en la clínica y finalmente el conductor me llevó a casa. En el trayecto hasta ella, me confesó que el travesti, cuando bajó del carro, le había ofrecido a la mujer de los tatuajes por treinta mil pesos, pero él no aceptó.

Yo le pregunté porque no, si hasta bonita estaba la muchacha y el sentenció: “Es que a mí no me gustan las mujeres bollonas”.

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