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Iguarán consumió los mejores años de su vida, desarrollando a plenitud un ritual tan recurrente, que, al final, lo llevaría a aprender de memoria las nociones básicas de aquella monotonía infernal a la que se terminan acostumbrando las personas, como si desde antes de nacer hubiese estado destinado a vivir la vida que le tocó vivir.

Por aquel tiempo de la bonanza carbonífera en La Guajira en los años noventa, los jovencitos del departamento crecían extasiados por los lujos formidables que resultaban como consecuencia de emplearse en la primera mina de carbón a cielo abierto más grande del mundo y desde entonces, aquella generación de hombres incautos, seducidos por la poligamia y las eternas parrandas con whisky tiempo después, empezaron un despilfarro apocalíptico sin precedencia. Él fue uno de esos.

Las jóvenes audaces, quienes administraban su tiempo entre fiestas exuberantes y la misma pereza demencial que enferma a las juventudes hoy en día, seleccionaban a dedo los empleados con mejores rangos en la compañía para asegurarse un patrimonio permanente y una vida de muchos excesos, sin importar que ellos tuviesen familia o compromisos idílicos con otras mujeres.

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Fue así, como el Cerrejón catapultó muchos sueños. Los más aterrizados invirtieron en educación para sus hijos, adquirieron inmuebles, compraron terrenos vírgenes para la siembra y construyeron fincas exóticas para descansar los fines de semana. Otros menos consientes, dilapidaban los pocos recursos entregándose al amor de vientres placidos y efímeros, y parrandas monumentales que demoraban varios días.

Sin embargo, muchas familias empezaron a resquebrajarse. La intensidad de la rutina en los turnos rotativos, cada día más voraz, disminuyó la pasión entra las parejas y algunos niños cogieron por mal camino debido a la ausencia de un padre real que los corrigiera.

Iguarán, con cuarenta y cinco años de hostigamiento laboral en la multinacional, cinco hijos desperdigados en el sur de La Guajira, el hígado reventado por las extenuantes jornadas de licor y una neumoconiosis crónica a causa del polvillo procedente del carbón, tuvo plena conciencia que su vida había sido despilfarrada por completo.

Una tarde de esas, mientras el bullicio de otros mineros protestantes y un dolor de muelas le irritaban el alma, sentado frente al imponente Liceo Nacional Almirante Padilla en una de las bancas de la placita, pensó en los nietos que habían crecido sin verlo. Añoró en ese momento, los juegos por las tardes y las reuniones en familia los domingos.

Echó de menos los paseos en el Parque Padilla, las tardes de piscina y cada celebración de fin de año que estuvo ausente por cubrir un turno devastador.

Aquellas razones, de algún modo reveladoras, lo arrastraron a desear que el paro en el Cerrejón continuara y lo hizo en silencio, apoyando la firme intención de los demás, pero sin apoyarla realmente. Durante el cese de actividades, se tropezó de frente con la vida que alguna vez hubiese querido tener y aquel relámpago de conciencia le produjo un remesón irreversible.

Empezó a disfrutar con los muñecos de plastilina que fabricaban los más pequeños y las noches de futbol con su hijo mayor. Nuevamente, trató seducir a su esposa de pasión adormecida con las viejas artimañas de zorro intrépido, utilizadas en su época para amansar los corazones forajidos y al parecer, la intención tuvo buen efecto, pues logró que su mujer pasara menos tiempo con el teléfono móvil en las manos.

Incluso su ánimo tuvo mejorías. En el paro, adquirió nuevos hábitos de sueño y experimentó la sensación que acarrea el peso de los años, diluyéndose inevitablemente cada vez que desayunaba con tranquilidad un buen hígado en bistec con yuca en el patio de su casa.

Antes que el paro finalice, Iguarán ya decidió pasar su carta de renuncia. En parte, porque lo bueno no suele tener cualidades eternas y en otra, porque descubrió que la vida tiene millones de aventuras más allá de las narices y, además, posee otras implicaciones diversas, muy diferentes a la extracción de carbón.

No sabe cómo pagará la nueva hipoteca y la cuota del carro, pero está seguro que su hijo menor necesita mejorar en matemáticas y desde niño él siempre fue bueno para eso. Seguramente ingrese a la Universidad de La Guajira el próximo semestre, quizás estudie economía o tal vez administración de empresas.

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