El aguacero que cayó sobre Riohacha volvió a desnudar una realidad que la ciudad arrastra desde hace décadas, la falta de un sistema de alcantarillado pluvial eficiente. La lluvia, persistente y sin tregua, convirtió calles en ríos y hogares en espacios inhabitables para cientos de familias.
La emergencia fue total. Barrios enteros quedaron bajo el agua y las zonas más afectadas coincidieron, como suele ocurrir, con aquellas donde viven las familias más vulnerables. Colchones, muebles, electrodomésticos y enseres se perdieron en cuestión de horas, mientras niños y adultos mayores enfrentaban el miedo y la incertidumbre.
Una deuda con la capital guajira
La ausencia de un alcantarillado pluvial, negado durante años a la capital de La Guajira, es la causa principal de esta crisis recurrente. Cada temporada de lluvias repite la misma escena, calles colapsadas, aguas estancadas y familias pidiendo auxilio. La ciudad no drena, se ahoga lentamente.
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Para las familias afectadas, la esperanza está puesta en que esta calamidad no vuelva a repetirse. Esa expectativa solo será posible cuando se construya el alcantarillado pluvial que Riohacha necesita con urgencia. No se trata de una obra opcional, sino de una necesidad básica para proteger la vida y la dignidad.
La urgencia es evidente. El Gobierno Distrital tiene en sus manos la responsabilidad de priorizar esta obra estructural y avanzar sin más dilaciones. Las lluvias recientes, ocurridas incluso en medio de la celebración de la Virgen Nuestra Señora de los Remedios, dejaron claro que la fe no puede reemplazar la infraestructura.
Promesas que se quedaron bajo el agua
En noviembre de 2020 se anunció una inversión de 28 mil millones de pesos para el alcantarillado pluvial en distintos sectores de la ciudad. El anuncio fue hecho por el entonces viceministro de Vivienda, José Luis Acero, junto al exalcalde José Ramiro Bermúdez. La noticia generó esperanza entre los habitantes.
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Sin embargo, del 2020 al 2026 han pasado seis años sin avances. Para muchos ciudadanos, esta situación representa un caso de negligencia institucional con una ciudad que sigue pagando las consecuencias de la inacción.

Vivir con el agua a la cintura
Norka relata escenas difíciles de olvidar. “En muchos barrios el agua les llegaba por la cintura. Fue horrible. Niños y ancianos pasando trabajo, perdiendo todo”, cuenta. Aunque su vivienda no se inundó, asegura que barrios como Villa Fátima y sectores entre las calles 19 y 20 vivieron una tragedia.

A estas voces se suma Mónica Narváez, quien explica que la falta de mantenimiento empeora la situación. “El alcantarillado no tiene capacidad y cuando llueve, el agua se regresa. Por eso las casas se inundan y hay malos olores”, señala. Mientras tanto, la ciudad sigue esperando que las promesas se conviertan, por fin, en obras reales.












